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De la tragedia a la epopeya.

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De la tragedia a la epopeya.

Por: Salvador Castañeda O’Connor. Director de la revista Unidad Comunista y miembro de la Dirección Colectiva del Partido de los Comunistas

Ni los trágicos griegos ni Shakespeare que continuó cultivando el género más de mil años después, podrían haber cantado un  drama más intenso, desgarrador y prolongado que la tragedia que han vivido los pueblos originarios de nuestro país a partir de la conquista española.

“La conquista de México por los españoles del siglo XVI, dice Vicente Lombardo Toledano, fue el sometimiento brutal de los pueblos indígenas que se hallaban en el periodo medio de la barbarie; pero que no obstante su gran atraso técnico y el escaso desarrollo de sus fuerzas productivas habían logrado ya manifestaciones importantes de su civilización y de su cultura… No habían llegado al uso del hierro y de la rueda; carecían de animales de tracción, sus instrumentos de trabajo eran de piedra y de bronce; la estructura de las tribus estaba basada en las relaciones de parentesco sanguíneo; su forma política más avanzada era la confederación de tribus; pero habían llegado a un alto nivel en algunas de las superestructuras sociales. Su astronomía y su cronología eran perfectas para su tiempo, Su calendario formado siglos antes de nuestra Era tenía un valor superior a los calendarios Juliano y Gregoriano. Su conocimiento de la flora y de la fauna era profundo y la clasificación que hicieron de sus especies puede considerarse ejemplar. La agricultura conocía el trabajo intensivo de la tierra, gracias  a ingeniosos sistemas de irrigación. Sus industrias limitadas a los útiles de producción que poseían eran de una gran riqueza. Cerámica, telas, orfebrería, pulimento de piedras preciosas, mosaicos de plumas entre muchas otras. La arquitectura había llegado a las obras monumentales del arte superior, integrada por la escultura y las pinturas murales. Las normas que regían la sociedad obedecían a un  principio de codificación lógica”. 

Estos pueblos originarios fueron condenados a la esclavitud. Su organización tribal fue destruida; convertidos en ruinas sus edificios principales; quemados los documentos que guardaban su historia; rotas las esculturas de sus dioses y perseguidos por diabólicos sus conceptos de la vida y el mundo.

La destrucción de las civilizaciones indígenas fue tan absurda e irracional que hasta la fecha ni los conquistadores, ni los monopolios, ni la oligarquía internacional y mucho menos nuestra burguesía mojigata y parasitaria han podido construir algo que se compare a las pirámides y palacios de Teotihuacán, Palenque o Yucatán.

Nuestros indios fueron despojados de las tierras de que fueron dueños y señores. Después les devolvieron algunas extensiones por la vía  de mercedes reales o títulos virreinales, como si el ladrón te regresara parte de lo robado como un acto de caridad y por escritura pública. Sus cultivos fueron contaminados con semillas exóticas; ellos mismos se fueron contagiando con enfermedades que no conocían; violadas sus mujeres; y arrojados a la marginación y al olvido.

Lo peor del caso es que siguieron siendo explotados, perseguidos y humillados después de alcanzada nuestra independencia por gobernantes mestizos. Su tragedia dura más de quinientos años.

Ahora que los monopolios globales y sus capataces neoliberales  han sometido a toda la población a la explotación esclavista, homologando sus condiciones de vida con las condiciones de los pueblos originarios, ha surgido el milagro de los zapatistas en las montañas del sureste mexicano que han creado y desarrollado su autonomía económica, social y democrática, respecto del sistema capitalista y los gobernantes traidores y genocidas, al grado de alcanzar mejores niveles de vida que el resto de la población indígena y  buena parte de la población mestiza.

No solo los extranjeros sino también nacionales y mestizos han cometido crímenes en contra de nuestros indios y sin embargo, ellos, los zapatistas, han levantado generosamente la demanda de la liberación nacional, es decir de todos los mexicanos, con las armas en la mano, primero, y por el camino pacífico de desarrollar su autonomía, después.

Quisiera reproducir en algunas de sus partes el reciente mensaje del Subcomandante Galeano:

Era y es la nuestra, como la de muchos y muchas de abajo, una guerra por la humanidad y contra el neoliberalismo.

Contra la muerte, nosotros demandamos vida.

Contra el silencio, exigimos la palabra y el respeto.

Contra el olvido, la memoria.

Contra la humillación y el desprecio, la dignidad.

Contra la opresión, la rebeldía.

Contra la esclavitud, la libertad.

Contra la imposición, la democracia.

Contra el crimen, la justicia.

¿Quién con un poco de humanidad en las venas podría o puede cuestionar esas demandas?

Y en lugar de dedicarnos a formar guerrilleros, soldados y escuadrones, preparamos promotores de educación, de salud, y se fueron levantando las bases de la autonomía que hoy maravilla al mundo.

En lugar de construir cuarteles, mejorar nuestro armamento, levantar muros y trincheras, se levantaron escuelas, se construyeron hospitales y centros de salud, mejoramos nuestras condiciones de vida. 

En lugar de luchar por ocupar un lugar en el Partenón de las muertes individualizadas de abajo, elegimos construir la vida.

Esto en medio de una guerra que no por sorda era menos letal

Así fue hasta la Sexta Declaración de la Selva Lacandona, la más audaz y la más zapatista de las iniciativas que hemos lanzado hasta ahora.

Con la Sexta al fin hemos encontrado quien nos mira de frente y nos saluda y abraza, y así se saluda y abraza.

Con la Sexta al fin los encontramos a ustedes.

Por fin, alguien que entendía que no buscábamos ni pastores que nos guiaran, ni rebaños a los cuales conducir a la tierra prometida. Ni amos ni esclavos. Ni caudillos ni masas sin cabeza.

Pero faltaba ver si era posible que miraran y escucharan lo que siendo somos.

Al interior, el avance de los pueblos había sido impresionante.

Entonces vino el curso “La Libertad según l@s zapatistas”.

En 3 vueltas, nos dimos cuenta de que ya había una generación que podía mirarnos de frente, que podía escucharnos y hablarnos sin esperar guía o liderazgo, ni pretender sumisión ni seguimiento.

Marcos, el personaje, ya no era necesario.

La nueva etapa en la lucha zapatista estaba lista.

De estas afirmaciones se desprende que  aun cuando nuestros hermanos del EZLN no reclamen la vanguardia, es incuestionable que la autonomía económica, social y democrática, en todas las comunidades rurales y urbanas del país, es un camino abierto por los zapatistas hacia la liberación nacional.

La muerte del profesor GALEANO, crimen abominable, a manos de sicarios del mal gobierno, ha dado vida al Subcomandante Insurgente Galeano.

Nosotros los comunistas no sólo somos solidarios, sino que compartimos con el EZLN el mismo dolor y la misma rabia, y nos comprometemos  con nuestros hermanos a luchar a su lado hasta destruir el sistema capitalista y castigar a los asesinos.

Los subcomandantes Galeano y su antecesor Marcos, elevan el mensaje político al nivel de la poesía. Como Cuauhtémoc son héroes a la altura del arte. Junto a ellos construiremos un México sin miseria ni maldad y donde quede abolida para siempre la explotación del hombre por el hombre.

Propongo para finalizar que en su momento entreguemos todas las tierras a los pueblos indígenas como un acto de justicia y de seguridad nacional.

El principio impreso en el artículo 27 constitucional de que “Las tierras y las aguas comprendidas dentro del territorio nacional son propiedad originaria de la Nación, quien puede imponer a la propiedad privada las modalidades que dicte el interés público”, es muy avanzado porque señala que la propiedad privada no es un derecho inherente a los individuos, sino una concesión que  la Nación les otorga. Este principio dio fundamento jurídico  a la Reforma Agraria y a la práctica de las nacionalizaciones.

Con todo, este principio no corresponde a la verdad histórica, porque se desprende del hecho de que la Corona de España cedió a la Nación mexicana la propiedad de las tierras conquistadas, cuando reconoció la independencia de nuestro país, siendo que la propiedad de esas tierras fue producto del despojo a los pueblos indígenas.

Por esa razón, y en un acto de verdadera justicia, deben ser regresadas a los indios,  al menos todas las tierras de cultivo y aquellas destinadas a la ganadería y a la silvicultura. Este acto tendría el enorme valor de garantizar la integridad de nuestro territorio, porque son los pueblos originarios quienes más aman y cuidan  a la madre tierra.

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