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LA ÚLTIMA MANTECADA EN LAS MONTAÑAS DEL SURESTE MEXICANO

LA ÚLTIMA MANTECADA EN LAS MONTAÑAS DEL SURESTE MEXICANO

(Cuento leído durante la clausura del CompARTE POR LA VIDA Y LA LIBERTAD 2018 en el Caracol de Morelia, Torbellino de nuestras palabras, montañas del sureste mexicano.)

 

LA ÚLTIMA MANTECADA

EN LAS MONTAÑAS DEL SURESTE MEXICANO.

 

Tal vez fue por una serie de sucesos aleatorios, sin liga aparente entre ellos, que la tragedia se gestó.

  O quizás fue una simple coincidencia, una suerte de azar infortunado.  Como si el destino se diera en alimentar los rumores sobre su existencia, arrojando las piezas de un rompecabezas sobre, claro, las cabezas rotas de humanos y máquinas.

  O acaso la Tormenta (ésa que el zapatismo insiste en señalar y que, como en todo lo que dice, nadie más repara), había incurrido en un “spoiler”, un pequeño adelanto de lo que se avecinaba.  Como si, en el software incoherente con el que parece funcionar la realidad, se hubiera colado un aviso urgente, un “warning” inadvertido, una señal que sólo podría ser detectada e interpretada por los más avezados vigías que, en los rincones del mundo, se empeñan en otear horizontes que, de tan lejanos, ni siquiera aparecen como variable en las frenéticas estadísticas del sistema mundial.  Después de todo, las estadísticas sirven para señalar tendencias que borran dramas cotidianos.  ¿Qué es, después de todo, el asesinato de una mujer?  Una de numeral.  Una más es una menos.  Las estadísticas dirán que se necesitan varios, muchos de esos asesinatos “de género” para incidir apenas en una tendencia: la del desbocado cabalgar del sistema hacia el abismo, derrapando sobre sangre, lodo, escombros, mierda, destrucción.  ¿En el horizonte?  La guerra.  ¿En el sendero andado?  La guerra.  Porque en el sistema capitalista la guerra es el origen, el camino y el destino.

  En fin, tal vez desvarío.  Porque éste es un cuento y hay que cuidar que no se cuelen en él reflexiones tendenciosas, malas ideas, malsanos pensamientos, cavilaciones ociosas, provocaciones.

  Quienes padecieron alguna vez el ver una película con el finado SupMarcos, cuentan que era insoportable.  Bueno, no sólo era insoportable en eso, pero estoy hablando de ver películas.  Bastaba que en el filme apareciera un arma de fuego para que el difunto pusiera “pausa” y se diera una larga y ociosa exposición sobre rasancia, energía, alcance, poder de fuego, y las breves o largas parábolas que un proyectil trazaba en su ruta hacia “el objetivo”.  Poco importaba que, en ese momento pausado, la trama se fuera a resolver, o que quienes veían el filme se angustiaran sin saber si el héroe (o la heroína, no olvidar la equidad de género) se salvaba o no.  No, ahí estaba el inútil derroche de erudición: “ésa es una carabina M-16, calibre 5,56 mm NATO, nombrado así para diferenciar las municiones fabricadas por los países de la Organización del Atlántico Norte, de las del Pacto de Varsovia, y etcétera, etcétera”.  Claro, la compañía cinéfila no sabía qué hacer: si demostraba interés, el finado podría extenderse; si, en cambio, mostraba indiferencia, el difunto podría interpretar que no había sido claro y se explayaría más, llegando, claro, a la guerra fría.  Y entonces el SupMarcos se sentía obligado a explicar que el término “guerra fría” era un oxímoron, una argucia del sistema para obviar la muerte y la destrucción que habían marcado esa época.  Seguía entonces con lo de “cuarta guerra mundial”, y así hasta que las palomitas se enfriaban o se habían convertido en un amasijo de maíz palomero con salsa “Valentina”.

  Bueno, ya me estoy poniendo igual.  El asunto era que, si el SupMarcos asistía a la función, había que ver las películas o las series dos veces: una para padecer las interrupciones, la otra para entender la trama.  Por esto digo que un cuento es un cuento y no una plática política.  Aunque Defensa Zapatista use lo de “plática política” para ocultar las muestras de “violencia de género” que, en forma de zapes, le aplica al estoico Pedrito, el niño que, sin saberlo ni pretenderlo, asume el papel de némesis de la niña y su indefinible gato-perro.

  ¿En qué estaba?  Ah, sí, en los por qué de lo que les narraré más adelante.

  El asunto es que, esa madrugada, confirmé lo que me temía: se habían acabado las mantecadas.  Todas.  Incluso la reserva estratégica (destinada a hacer frente al previsible apocalipsis zombi, a una invasión extraterrestre, o a la caída de un meteorito), estaba en ceros.

  ¿Qué fue lo que pasó?  Pues, como en las tragedias griegas y en los corridos mexicanos, no pasa nada hasta que pasa.

  La Doña Juanita, atrincherada en la cocina del CIDECI, en San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, México, se había declarado en huelga: nada de tamales, nada de cuche (cerdo, en Chiapas), nada de tacos y garnachas, nada de batidillos ricos en carbohidratos, grasas y colesteroles.  Y, oh desgracia, nada de mantecadas.  Que ahora pura comida sana, o sea verduras, verduras y más verduras.  Que nada de que nada.  Que resistencia y rebeldía.  Que muera la comida chatarra y el fast food.

  Cuando me enteré, mandé un enlace para convencer a Doña Juanita de que hiciera una excepción; que la entendía, pero que había yo leído en un libro que las mantecadas eran muy nutritivas; que si ella hacía mantecadas, todo iba a quedar “entre nous”, que no se iba a publicar.  El enlace regresó desconsolado: ni siquiera pudo hablar con Doña Juanita, quien estaba fortificada, junto con sus compas de la cocina, cantando el “no, no, nos moverán, y el que no crea que haga la prueba, no nos moverán”.  Le pregunté al enlace que qué había hecho él.  Dijo que se puso a cantar, que se oía bien bonito el coro y agarró una guitarra y acompañó el himno.

  Yo no me dejé derrotar por cuestiones que adjudiqué al rubro “de género”.  Después de todo, Doña Juanita es mujer y hay cosas que las mujeres no entienden.

  Recurrí entonces al arma ultra secreta del ezetalene: el compa Jacinto Canek.

  Muy lejos de estas montañas, pero enclavado en otras, el compa Jacinto Canek le sabe a la cocina.  Hace maravillas con apenas unas cuantas ollas y sartenes.  Pero tiene un don especial para el pan.  Se rumora que hay gente que viaja desde los más diversos rincones del mundo para probar sus panes.  Como una muestra de la “otra globalización”, su repostería ha deleitado el paladar de 5 continentes.

  “El secreto está en que hay que echarle muchos huevos”, me confesó un día el compa Jacinto Canek mientras esperábamos, yo impaciente, que salieran las mantecadas del horno.  Aunque él se refería a los panes, yo dije casi como reflejo: “como a todo, Don Jacinto, como a todo”.

  Por una cuestión de solidaridad de género, confiaba yo en que el compa Jacinto Canek haría honor a su nombre de lucha y aportaría una salida a la grave crisis que se avizoraba.

  Una misión de tal trascendencia requería una postura drástica.  Con el fin de acallar las críticas que ya adivinaba de las feministas, le encargué a la insurgenta Erika que fuera hasta las tierras donde Jacinto Canek defendía a capa y espada sus secretos culinarios.

  Le dije a la Erika que tenía ella una misión muy importante.  Que debía ir donde Jacinto Canek y debería relatarle una leyenda: los más primeros dioses, los que nacieron el mundo, crearon las mantecadas para que los humanos se dieran una idea de lo que era el paraíso.  Pero luego llegó el pinche sistema capitalista con sus Bimbo-Marinela, la Tía RosaWonder y etcétera, y corrompieron el sagrado manjar de los dioses.

  Que quienes hacían pan artesanal eran los custodios de la memoria, los que resguardaban el santo grial que permitía la comunicación entre humanos y dioses.

  Por supuesto que la insurgenta Erika me preguntó qué cosa era “santo grial”.  Le dije que era algo muy importante, sagrado, que de eso dependía el destino de la humanidad.

  La Erika se burló diciendo “Nah, qué va a ser, seguro lo inventaste, Sup, nomás porque quieres mantecadas”.

  Yo puse cara de “me ofendes”, y la despaché con las amonestaciones de rigor.

  Después de jornadas que imagino agotadoras, la insurgenta Erika regresó con una gran bolsa de pan.  No pude evitarlo: aplaudí.  Y debo confesar que mis hermosos ojos se humedecieron agradecidos.

  Sin responder al saludo de la Erika, le arrebaté la bolsa y vacié su contenido en la mesa.  Nada.  Había conchas, trenzas, orejas, moños, polvorones, bolillos, teleras, chilindrinas, marquesotes, pan de elote, empanadas, hojaldras (sin agraviar a quienes leen), cemitas, donas, y hasta el mal llamado “pan de amor”.  Pero ni una mantecada, ni una sola.

  El horror.

  Me derrumbé sobre la silla, con un sabor amargo llenándome la vida.

  Entonces la insurgenta Erika sacó de su morraleta otra bolsa, más pequeña.  Envuelta con plásticos y papeles, apareció ¡una mantecada!

  “Que sólo alcanzó a hacer ésa”, me aclaró la Erika, “que ya no hizo más porque está echando baile con su mujer.  Que a ver hasta cuándo”.

  Se fue la insurgenta Erika.

  Con extremo cuidado, como si de una valiosa pieza de fino cristal se tratara, coloqué la mantecada sobre la mesa.

  Con todo eso de la Tormenta, la Hidra y el apocalipsis-todo-incluido de mi hermano bajo protesta, me puse ídem y sentencié:

  “He aquí la última mantecada en las montañas del sureste mexicano”.

  No sabía si comerla o hacerle un altar, un homenaje premonitorio a lo que eso significaba: el fin de una época, la inapelable sentencia del destino, el enojo de dioses desconocidos, el desdén avistado en una mirada deseada, el daño colateral de la guerra capitalista.

  La miré, sí.  La miré con lujuria mal disimulada.  Con cuidado mis dedos apenas rozaron sus contornos azucarados, la hendidura circular que enaltecía el seno unívoco del ser unigénito, la voluptuosa figura que no sólo decía sino que gritaba: “soy una mantecada, pero no cualquier mantecada, soy la última mantecada”.

  En eso estaba yo, o sea que calculando si en la tienda cooperativa tendrían conocido refresco de cola con el cual honrar la última mantecada, cuando, como si faltara ratificar la desgracia, aparecieron en la puerta…

  Defensa Zapatista y el gato-perro.

  Me puse de pie tan rápido como pude y, tratando de tapar con el cuerpo el obscuro objeto de mi deseo, empecé a balbucear incoherencias:

  “Eh, no, no hay una mantecada sobre la mesa.  No, no la estoy escondiendo.  No, no hay nada detrás mío.  Eh, hace mucho calor, y el zancudo está muy bravo, creo que va a llover.  ¿Piensas que va a llover?

  Creo que Defensa sospechó algo, porque me dio la vuelta como si tal y vio la mantecada.

  Me miró con reprobación y sentenció:

  “Tienes que compartir, Sup”.

  El gato-perro ladró o maulló, a saber, pero supongo que apoyando a Defensa Zapatista.

  Imagino que sintiéndose convocada por la palabra “mantecada”, apareció, a saber de dónde, una niña que trataba de alcanzar la mantecada con una manita mientras con la otra sostenía un osito de peluche.

  La aparté de la mesa y, siguiendo el modo del finado, le pregunté:

  “¿Tú quién eres?, no te conozco”.

  “Yo me llamo Esperanza y me apedillo “zapatista” y éste es un mi osito y tenemos hambre”.

  Al escuchar el nombre de la niña, yo no dejé de apreciar la reiteración de las paradojas en estas tierras.

  La Esperanza Zapatista se retiró después de varios intentos de lo que la nueva teoría social llamaría “acumulación por despojo de mantecadas”, una fase aún en desarrollo del capitalismo.

  Defensa y el gato-perro me miraban con más de 500 años de reclamos, esperando lo imposible: que yo les compartiera la última mantecada de las montañas del sureste mexicano.

  “No se puede”, me defendí con torpeza, “sólo hay una.  Viera que hay dos o más pues se puede repartir, pero como sólo hay una, pues no se puede compartir, sólo es para uno”.

  Subrayé el “uno” para marcar la diferencia de género: el “uno” dejaba fuera a Defensa Zapatista, a Esperanza y al gato-perro, el cual, si no sabe si es perro o gato, menos va a saber si es masculino o femenino.

  Siguiendo la quinta ley de la dialéctica (nota: la primera ley de la dialéctica es “todo tiene que ver con todo”; la segunda es “una cosa es una cosa y otra cosa es no me chingues”; la tercera es “chingue su madre el universo y la materia”; la sexta es “no hay problema lo suficientemente grande como para no darle la vuelta”)…

  Les decía que la quinta ley de la dialéctica señala que “siempre puede llover sobre mojado”, y, para confirmarla, reapareció la Esperanza Zapatista, ahora acompañada de dos niños zapatistas: uno portaba un sombrero vaquero más grande que él y se presentó con un “yo soy el Pablito”; el otro traía un sombrero modelo “Don Ramón en el Chavo del 8”, aunque también parecía un casco de estambre, y dijo que él era “Amado, el Amado Zapatista” (quise darle un zape por suplantarme).

  Viéndome en desventaja numérica, analicé mis posibilidades:

  Podía, por ejemplo, ponerme en el clásico “modo matanga dijo la changa”, tomar la mantecada y huir en lo que, en la teoría militar, se llama “repliegue estratégico”.

  Opción desechada: el comando infantil zapatista me tenía rodeado.

  Podía atropellarlos, siguiendo el modo del Fondo Monetario Internacional frente a gobiernos progres y no progres, pero corría el riesgo de tropezar y que el santo grial cayera.  Eso le daría ventaja al gato-perro, cuya habilidad para tomar lo caído ya había sido demostrada en otro cuento que les narraré en otra ocasión.

  Opté entonces por la demagogia en boga y, dirigiéndome al comando infantil, les solté:

  “Miren, tienen que entender la coyuntura, la correlación de fuerzas no es favorable.  No es tiempo para radicalismos.  Es mejor una transición pausada. Esperar, por ejemplo, a que haya más mantecadas y entonces sí.  Pero ahora ustedes deben esperar con paciencia.  Por ejemplo, si ya hay una niña que se llama “Defensa Zapatista” y otra que se llama “Esperanza Zapatista”, puede ser que haya una que se llame “Paciencia Zapatista”.  Entonces, vayan a buscarla y, cuando la encuentren, le echan la plática política y entonces pues ya vemos”.

  “No hay”, respondió Defensa Zapatista, y agregó con malicia: “pero hay una compañerita que se llama “Calamidad”, o sea que es “La Calamidad Zapatista”.  Ahí lo veas si la traemos.”

  Un estremecimiento sacudió por entero mi sensual cuerpo.

  Desesperado, me di cuenta de que mis argumentos no convencían.

  Imaginé entonces el cataclismo terminal: una multitud de niñas y niños zapatistas rodeando mi champa, la otrora comandancia general del ezetaelene; insultos en diferentes lenguas de origen maya; Defensa Zapatista ordenando “traigan ocote”; Esperanza sacando, a saber de dónde, un encendedor, mientras su osito, os lo juro, se transformaba en “Chukyel muñeco diabólico”; el gato-perro ladrando y maullando; el Pedrito bailando con la promotora de educación y el Pablito cantando la del moño colorado y el Amado haciendo la segunda voz (sí, los varones siempre en otro canal); los ocotes encendidos democratizándose; las primeras llamas lamiendo las tablas y creando un cerco de fuego dentro del cerco infantil; y yo, heroico, abrazando la mantecada, dispuesto a morir antes de entregar “my tresaure” a esa masa irreverente que apenas levantaba unos palmos del suelo.

  Era inútil tratar de dividirlos y llevarlos a enfrentarse entre sí: la mantecada los unía y yo no podía cederla.

  Podría, es cierto, arrojarla y, aprovechando la confusión, buscar refugio.  Pero dudo que se abalanzaran por la mantecada.  Seguro seguirían su tradición de compartir incluso lo poco que tienen, tal y como la pandilla del finado SupMarcos hacía después de asaltar la tienda “La Nana Zapatista” en La Realidad ídem.

  Pero ni hablar, era mi mantecada.  Ella y yo estábamos unidos por el destino.  En mis pensamientos rondaban los antiguos escritos (que yo redacté): “en el principio de los tiempos, los dioses crearon la mantecada y vieron que la mantecada era buena y entonces crearon al Sup para que de ella se regocijara y se la zampara sin compartir”.  Ergo, la mantecada era de mi propiedad por mandato divino y esos enanos y enanas herejes pretendían despojarme de ella, cometiendo así el más grande pecado: desafiar la propiedad privada de la mantecada, que, como todos saben porque viene en todos los libros de historia, es el fundamento de la civilización, el orden y el progreso.

  El futuro de mi mundo estaba en juego.  Si yo compartía mi mantecada, la humanidad volvería a la edad de piedra, a un mundo sin internet, sin redes sociales, sin las películas y series en stream y, horror de horrores, sin helado de nuez.

  Entendí entonces que en mi hermoso y bien formado cuerpo residía la última oportunidad del ser humano.

  Si yo compartía la mantecada, cosas terribles podrían suceder.  Por ejemplo, las mujeres podrían rebelarse.  No una, ni dos.  Todas.  Millones de Defensas, Esperanzas y Calamidades Zapatistas surgiendo por todos los rincones del planeta.

  El apocalipsis.

  La destrucción total del mundo tal y como lo conocemos.

  El fin de los tiempos.

  La catástrofe final.

  Me estremecí.

  Entonces cometí un error del que no me cansaré de arrepentirme: sin que fuera necesario, solté:

  “Además, es la última”.

  “¡La última!”, repitió la niña con alarma y sorpresa.

  Quedó pensando Defensa Zapatista. Yo sentí un escalofrío recorrer todo mi voluptuoso cuerpo.  Nada hay más temible que una niña pensando.

  Defensa Zapatista rompió el silencio:

  “Está bueno, entonces vamos a jugar y quien gane se queda con la mantecada”.

  Yo quise alegar que no tenía por qué jugar a nada apostando mi mantecada, porque era mía, mía de mí-me-conmigo, my tresaure, el producto de mi esfuerzo… (bueno, el esfuerzo había sido del compa Jacinto Canek, pero por solidaridad de género y en su representación, me tocaba a mí).

  Mientras construía el alegato de mi defensa, la ídem zapatista, añadió:

  “Y en honor del gato-perro aquí presente, el juego va a ser “gato”.  Quien gane, gana la mantecada”.

  Al escuchar eso, suspendí en la cabeza mi brillante disertación jurídico-gastronómica, y pregunté:

  “¿Gato?  ¿Ése que se juega con bolitas y cruces y gana el que hila una línea horizontal, vertical o diagonal?

  “Éste”, dijo la niña y trazó en su cuaderno la cruz de paralelas del “gato”, el juego de mi infancia que, al jugarlo unas veces, se adivinaba sin ganador.

 

  Si quien lee este cuento es de la llamada “generación digital”, le ahorro la consulta en wikipedia:

 

  “El tres en línea, también conocido como Ceros y Crucestres en raya (en Perú, España, Ecuador y Bolivia), juego del gatoTriqui (en Colombia), CuadritosGato (en Chile y México),Triqui trakaEquis CeroTic-Tac-Toc (en Estados Unidos), es un juego de lápiz y papel entre dos jugadores: O y X, que marcan los espacios de un tablero de 3×3 alternadamente.”

  Yo hice con rapidez mis cálculos y aventuré:

  “¿Y si hay empate?

  Defensa Zapatista miró al gato-perro.  El gato-perro miró a Defensa Zapatista.  Esperanza miró a ambos.  Pablito y Amado miraron la mantecada.

  Después de unos segundos, el gato-perro ladró-maulló.  La niña Defensa, dirigiéndose al animalito, preguntó:

  “¿Estás seguro?

  El gato-perro resopló con aires de “no sé qué te hace dudar de mí”.

  La niña me dijo entonces: “si hay empate, la mantecada queda con quien la tenía al principio”.

  “O sea yo”, dije asegurándome de que no hubiera trampas jurídicas en el acuerdo.

  “”, dijo despreocupada Defensa Zapatista.

  “Bueno”, dije yo, saboreando de antemano por partida doble: el triunfo de género y la mantecada que no era cualquier mantecada, era la última mantecada en las montañas del sureste mexicano.

  “Entonces, ¿empiezas tú o yo?”, le pregunté a la niña mientras sacaba una hoja en blanco y mi plumón negro con tinta indeleble.

  “Yo no voy a jugar.  Reclamo juicio por combate.  Elijo al gato-perro aquí presente como mi campeón.  Él va a luchar en mi lugar”, respondió Cersei, perdón, Defensa Zapatista.

  “De acuerdo”, dije confiado.  Después de todo, eso me aliviaría de las críticas de género por haberle ganado a una niña, y el gato-perro, bueno, era un gato-perro, así que no había nada qué temer.

  El animalito se trepó de un salto a la mesa de madera, apartó con un ademán despectivo el papel y, con lo que yo creí era una sonrisa burlona, sacó sus uñas y, como un relámpago, trazó sobre la superficie de la mesa el campo de batalla.

 

  No es que yo me queje de que rasguñó la mesa, después de todo está llena de quemaduras y manchas de tabaco y tinta, pero me pareció algo, digamos, poco profesional por parte del gato-perro.

 

  Así las cosas, saqué mi navaja de montaña y desplegué su afilada hoja con un brillo maléfico en la mirada.

  En el relámpago de la hoja de metal, el universo entero pareció detenerse, como si su movimiento o inmovilidad futuros dependiera de lo que en esa vieja mesa de madera se dirimía: cara o cruz, vida o muerte, sombra o luz, mantecada o caos.

  Ok, exagero, pero el gato-perro y quien esto relata intercambiamos las mismas miradas que, por siglos, intercambian los contrincantes que saben que, en un enfrentamiento, no sólo se juegan la vida, sino el mañana entero.

  El gato-perro tendió la mano, bueno, la garra, como cediéndome el inicio, al menos así lo interpreté.

  Con decisión, emulando a Kasparov, tracé mi bolita en el centro.  Aunque yo sabía que el centro no conduce a nada, pensaba yo para mis adentros que, en este caso, un empate era una victoria, porque la mantecada permanecería con su legítimo dueño, es decir, con mi estómago.

 

El gato-perro, como si llamara a la Sexta de su lado, marcó abajo y a la izquierda.

 

 

Yo quise abreviar su sufrimiento y reiteré el centro, pero abajo, muy en la onda progresista.

 

 

El gato-perro, como era de esperarse, bloqueó sin miramientos arriba al centro, como queriendo decir que al centro de abajo siempre lo neutraliza el centro de arriba.

 

 

  Ataqué por el flanco izquierdo, queriendo sorprender al gato-perro, pero bloqueó de nuevo.

 

 

  Por último, previendo ya el empate, intenté la diagonal de arriba abajo, izquierda a derecha, como la socialdemocracia en decadencia.

 

 

Nuevo bloqueo del gato-perro.

 

 

Terminé arriba a la derecha, ya por mero trámite porque el empate estaba a la vista y mi triunfo era ya inobjetable.

 

 

  Me disponía a guardar en el cajón la mantecada, cuando Defensa Zapatista alegó:

 

  “¡Un momento!  Le falta una tirada al gato-perro”.

  “Pero ya está lleno”, dije como protesta.

  El gato-perro sonrió con picardía y, con sus uñas más afiladas, trazó lo no previsto: como si un mundo nuevo dibujara, agregó extensión al diagrama:

 

  Y lentamente, con placer malsano, rasgó la cruz en la nueva casilla y os juro que la madera rechinó, lúgubre, cuando trazó la diagonal del triunfo.

 

 

  “¡Ganamos!”, gritó Defensa Zapatista y tomó la mantecada mientras el animalito daba brinquitos girando sobre sí mismo.

 

    Salieron corriendo, con Defensa Zapatista levantando al aire la mantecada como si una bandera universal ondeara.

  Antes de irse, Esperanza Zapatista, haciendo honor a su paradoja, se acercó y me palmeó en la espalda mientras me decía:

  “No preocupas Sup.  Yo luego te platico cómo sabía el pancito ése que te derrotó el gato-perro”.

  Se fue también la Esperanza y, con ella, mi última ídem.

  Mientras les miraba alejarse, pensé que ése es el problema con el zapatismo, créanme: si sus sueños y aspiraciones no caben en este mundo, imaginan otro nuevo… y sorprenden con sus empeños por lograrlo.

  Y no sólo con el zapatismo.

  En el planeta entero nacen y crecen rebeldías que se niegan a aceptar los límites de esquemas, reglas, leyes y preceptos.

  Porque no son sólo dos los géneros, ni siete los colores, ni los puntos cardinales son cuatro, ni uno el mundo.

  Así como Defensa Zapatista, el gato-perro y la pandilla formada por el Pedrito, el Pablito y el Amado, nosotras, nosotros, nosotroas sólo tenemos un objetivo: cuidar la Esperanza Zapatista.

  Si este mundo no da para eso, pues habrá que hacer otro, uno donde quepan muchos mundos.

  Con estos pensamientos, yo suspiré y le dije al espejo: “debiste haber compartido”.

 

-*-

 

Tan-tan.

 

Desde el caracol Torbellino de Nuestras Palabras, montañas del sureste mexicano, planeta tierra.

 

El SupGaleano.

9 de Agosto del 2018,

en el 15 aniversario de los caracoles zapatistas

y las Juntas de Buen Gobierno.

300. Tercera y última parte: Un desafío, una autonomía real, una respuesta, varias propuestas, y algunas anécdotas sobre el número “300”.

300.

Tercera y última parte:

UN DESAFÍO, UNA AUTONOMÍA REAL, UNA RESPUESTA, VARIAS PROPUESTAS, Y ALGUNAS ANÉCDOTAS SOBRE EL NÚMERO “300”.

  ¿Qué sigue?

  Remar contra corriente.  Nada nuevo para nosotras, nosotros, nosotroas, zapatistas.

  Nosotros queremos refrendar -lo consultamos con nuestros pueblos-: cualquier capataz va a ser enfrentado, cualquiera; y no sólo quien propone una buena administración y una correcta represión -o sea, este combate a la corrupción y el plan de seguridad basado en la impunidad-; también quienes detrás de sueños vanguardistas pretendan imponer su hegemonía y homogeneizarnos.

  No cambiaremos nuestra historia, nuestro dolor, nuestra rabia, nuestra lucha, por el conformismo progre y su caminar detrás del líder.

  Tal vez el resto lo olvide, pero nosotros no olvidamos que somos zapatistas.

  Y en y sobre nuestra autonomía -con esto que se está manejando de que sí se va a reconocer, o no se va a reconocer-, nosotros hicimos este razonamiento: la autonomía oficial y la autonomía real.  La oficial es la que reconozcan las leyes.  La lógica sería ésta: tienes una autonomía, ahora la reconozco en una ley y entonces tu autonomía empieza a depender de esa ley y ya no sigue sosteniendo sus formas, y luego, cuando va a haber un cambio de gobierno, entonces tienes que apoyar al gobierno “bueno”, y votar por él, promover el voto por él, porque si entra otro gobierno van a quitar la ley que te protege.  Entonces nos convertimos en los peones de los partidos políticos, como ha pasado con movimientos sociales en todo el mundo.  Ya no importa lo que se esté operando en la realidad, lo que se esté defendiendo, sino lo que la ley reconozca.  La lucha por la libertad se transforma así en la lucha por el reconocimiento legal de la lucha misma.

-*-

  Hablamos con nuestras jefas y jefes.  O más bien hablamos con los pueblos que nos dan el paso, el rumbo y el destino.  Con su mirada miramos lo que viene.

  Consultamos, y dijimos: bueno, si nosotros decimos esto ¿qué va a pasar?

  Nos vamos a quedar solos, nos van a decir que somos marginales, que estamos quedándonos fuera de la gran revolución… de la cuarta transformación o de la nueva religión (o como quieran llamarla), y vamos a tener que remar contra corriente otra vez.

  Pero no es nada nuevo, para nosotros y nosotras, eso de quedarnos solos.

  Y entonces nos preguntábamos, bueno, ¿tenemos miedo de esto de quedarnos solos?; ¿tenemos miedo de mantenernos en nuestras convicciones, de seguir luchando por ellas?; ¿tenemos miedo de que, quien estaba a favor, se ponga en contra?; ¿tenemos miedo de no rendirnos, de no vendernos, de no claudicar?; y finalmente concluimos: bueno pues nos estamos preguntando si es que tenemos miedo de ser zapatistas.

  No tenemos miedo de ser zapatistas y lo vamos a seguir siendo.

  Así fue que nos preguntamos y nos respondimos.

  Nosotros pensamos que junto con ustedes (las redes), con todo en contra, porque no tenían los medios, ni el consenso, ni la moda, ni la paga –ustedes tuvieron incluso que poner paga de su bolsillo-, que con todo eso, alrededor de un colectivo de originarios y de una mujer pequeña, chaparrita, ésa sí morena, del color de la tierra, denunciamos un sistema depredador y defendimos la convicción de una lucha.

  Y entonces estamos buscando a otras personas que no tengan miedo.  Así que les preguntamos a ustedes (las redes): ¿tienen miedo?

  Ahí lo vean pues, si sí tienen miedo, pues vamos a buscar en otro lado.

-*-

  Nosotros pensamos que debemos seguir del lado de los pueblos originarios.

  Tal vez algunas de las redes todavía piensan que estamos apoyando a los pueblos originarios.  Van a ver, conforme avance el tiempo, que va a ser al revés: nos van a apoyar con su experiencia y sus formas organizativas, o sea, vamos a aprender.  Porque si alguien hay experto en tormentas son los pueblos originarios, ya les han tirado de todo y ahí están, o aquí estamos, pues.

  Pero pensamos también -y les decimos claro, compañer@s- que no basta, que tenemos que incorporar a nuestro horizonte nuestras realidades con sus dolores y sus rabias, o sea, que tenemos que ir caminando hacia la siguiente etapa: la construcción de un Concejo que incorpore las luchas de todos los oprimidos, de los desechables, de las desaparecidas y asesinadas, de los presos políticos, de las mujeres agredidas, de la niñez prostituida, de los calendarios y geografías que trazan el mapa imposible para las leyes de probabilidad, las encuestas y las votaciones: el mapa contemporáneo de las rebeldías y las resistencias en todo el planeta.

  Si ustedes, junto con nosotros, vamos a desafiar la ley de probabilidad que dice que no hay ninguna chance, o muy pequeña, de que lo logremos, si vamos a desafiar las encuestas, los millones en las votaciones, y la numeralia que el Poder ofrezca para rendirnos o para desmayarnos, tenemos que hacer más grande el Concejo.

  Hasta ahora es sólo un pensamiento que expresamos aquí, pero queremos construir un Concejo que no absorba ni anule todas las diferencias, sino que las potencie en el andar con otroas, otros y otras que tengamos el mismo empeño.

  Con el mismo razonamiento, estos parámetros no debieran tener como límite la geografía impuesta por fronteras y banderas: debiera apuntar a hacerse internacional.

  Lo que estamos proponiendo es no sólo que el Concejo Indígena de Gobierno deje de ser sólo indígena, sino que también deje de ser nacional.

  Por lo tanto, nosotras, nosotros, nosotroas, como zapatistas que somos, proponemos que se lleve a consulta, además de todas las propuestas que se han vertido en este encuentro, lo siguiente:

1º.- Refrendar nuestro apoyo al Congreso Nacional Indígena y al Concejo Indígena de Gobierno.

2º.- Crear y mantener canales de comunicación abiertos y transparentes entre quienes nos conocimos en el andar del Concejo Indígena de Gobierno y su vocera.

3º.- Iniciar o continuar el análisis-valoración de la realidad en que nos movemos, haciendo y compartiendo dichos análisis y valoraciones, así como las propuestas de acción coordinadas que se deriven.

4º.- Proponemos el desdoblamiento de las Redes de Apoyo al CIG para, sin dejar el apoyo a los originarios, abrir ya el corazón a las rebeldías y resistencias que emergen y perseveran en donde cada quien se mueve, en el campo y la ciudad, sin importar las fronteras.

5º.- Iniciar o continuar la lucha que apunte a engrandecer las demandas y el carácter del Concejo Indígena de Gobierno, de modo que vaya más allá de los pueblos originarios e incorpore a trabajadores del campo y de la ciudad, y a l@s desechables que tienen historia y lucha propias, es decir, identidad.

6º.- Iniciar o continuar el análisis y discusión que apunte al nacimiento de una Coordinación o Federación de Redes, que evite el mando centralizado y vertical, y que no escatime el apoyo solidario y la hermandad entre quienes la forman.

7º y último.- Celebrar una reunión internacional de redes, como quiera que se llamen -nosotros proponemos que ahora nos llamemos Red de Resistencia y Rebeldía… y cada quien su nombre- en diciembre de este año, después de conocer y analizar y evaluar lo que decidan y propongan el Congreso Nacional Indígena y su Concejo Indígena de Gobierno (en su reunión de Octubre de este año), y también para conocer los resultados de la consulta a la que se llama en esta reunión -en la que estamos ahorita-.  Para esto ofrecemos, si les parece, espacio en alguno de los Caracoles Zapatistas.

  Nuestro llamado pues, no es sólo a los originarios, es a todoas, a todas y a todos quienes se rebelan y resisten en todos los rincones del mundo.  A quienes desafían los esquemas, las reglas, las leyes, los preceptos, los números y los porcentajes.

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Anécdota uno.- En los primeros días de enero de 1994, la inteligencia del Ejército Federal estimaba la fuerza del autodenominado ezetaelene en “sólo” 300 transgresores de la ley.

Anécdota dos.- En el mismo año, y mientras Ernesto Zedillo Ponce de León y Esteban Moctezuma Barragán cocinaban la traición de febrero de 1995, el grupo Nexos (dedicado antes a cantar loas a Salinas de Gortari y después a Zedillo) se desesperaba y, en voz de Héctor Aguilar Camín, expresaba, palabras más, palabras menos: “¿Por qué no los aniquilan?  Sólo son 300”.

Anécdota tres.- Del informe de la mesa de registro en el Encuentro de Redes de Apoyo al CIG y su vocera, realizado en el caracol zapatista “Torbellino de Nuestras Palabras”, del 3 al 5 de agosto del 2018: “asistentes: 300”.

Anécdota cuatro: Ingresos de las 300 empresas más poderosas del planeta: ni idea, pero puede ser un 300, o cualquier número, seguido de un chingo de ceros, y luego “millones de dólares”.

Anécdota cinco.- Cantidades y porcentajes “alentadores”:

.- la diferencia cuantitativa entre 300 y 30, 113,483 (que son los votos que, según el INE, obtuvo el candidato AMLO) es: treinta millones, ciento trece mil, ciento ochenta y tres;

.- 300 es el 0.00099623 % de esos más de 30 millones;

.- 300 es el 0.00052993 % de los votos emitidos (56, 611,027);

.- 300 es el 0.00033583 % del padrón electoral (89, 332,032);

.- 300 es el 0.00022626 % del total de la población mexicana (132, 593,000, menos las 7 mujeres que, en promedio, son ultimadas diariamente –en la última década, en México y en promedio, una niña, jóvena, adulta o mujer de la tercera edad, fue asesinada cada 4 horas-);

.- 300 es el 0.00003012 % de la población del Continente Americano (996, 000,000 en 2017);

.- la probabilidad porcentual de destruir el sistema capitalista, es del 0.000003929141 %, que es el tanto por ciento de la población mundial (7, 635, 255,247 a las 19:54 hora nacional del 20 de agosto del 2018), que representan 300 (claro, si es que las supuestas 300 personas no se venden, no se rinden y no claudican).

  Oh, lo sé, ni la tortuga derrotando a Aquiles serviría de consuelo.

  ¿Y un caracol?…

  ¿La Bruja Escarlata?…

  ¿El gato-perro?…

  Deje usted eso, a nosotras, nosotros, zapatistas, lo que nos desvela no es el desafío que plantea esa ínfima probabilidad, sino cómo va a ser el mundo que siga; el que, sobre las cenizas aún humeantes del sistema, empiece a emerger.

  ¿Cuáles van a ser sus formas?

  ¿Se hablarán colores?

  ¿Cuál será su tema musical? (¿eh? ¿“la del moño colorado”?  Ni pensarlo).

  ¿Cuál será la formación del equipo, completado al fin, de Defensa Zapatista?  ¿Podrá alinear el osito de peluche de Esperanza Zapatista, haciendo mancuerna con el Pedrito?  ¿Le permitirán al Pablito portar su sombrero vaquero y al Amado Zapatista su casco de estambre?  ¿Por qué ese maldito árbitro no marca el claro fuera de lugar del Gato-perro?

  Y, sobre todo, y eso es fundamental, ¿cómo se va a bailar ese mundo?

  Por eso, cuando a nosotras, nosotros, zapatistas, nos preguntan “¿qué sigue?”… pues, ¿cómo le diré?… no respondemos luego, sino que tardamos en responder.

  Porque, viera usted, bailar un mundo da menos problemas que imaginárselo.

Anécdota seis.- Ah, ¿usted pensó que lo de “300” era por el filme del mismo nombre y por la batalla de las Termópilas, y ya se preparaba, vestid@ como Leónidas o como Gorgo (cada quien su modo), para gritar “¡Esto es Esparta!” mientras diezma las tropas de los “Inmortales” del rey persa Jerjes?  ¿No le digo?  Est@s zapatistas, como de costumbre, viendo otra película.  O peor aún, mirando y analizando la realidad.  Ni modos.

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  Es todo…por ahora.

Desde las montañas del Sureste Mexicano. 

Subcomandante Insurgente Moisés.                     Subcomandante Insurgente Galeano.

México, agosto del 2018.

300. Segunda parte: Un continente como patio trasero, un país como cementerio, un pensamiento único como programa de gobierno, y una pequeña, muy pequeña, pequeñísima rebeldía.

300.

Segunda parte:

UN CONTINENTE COMO PATIO TRASERO, UN PAÍS COMO CEMENTERIO, UN PENSAMIENTO ÚNICO COMO PROGRAMA DE GOBIERNO, Y UNA PEQUEÑA, MUY PEQUEÑA, PEQUEÑÍSIMA REBELDÍA.

  Del mundo bajamos al continente.

  Si miramos hacia arriba…

  Vemos los ejemplos de Ecuador, Brasil y Argentina, donde no sólo desplazan a los gobiernos supuestamente progresistas, sino que también los persiguen jurídicamente y, en su lugar, ascienden gobiernos entrenados como buenos capataces, o capataces obedientes al capital (aunque, seamos justos, son bastante torpes aún en su cinismo) para el nuevo reacomodo de la finca mundial, que son como Temer en Brasil, Macri en Argentina y en Ecuador, el que era bueno porque lo puso el ahora perseguido Correa (el de la “revolución ciudadana” –“de izquierda”, así lo vendió la intelectualidad progresista-) y ahora resulta que es de derecha, que es Lenin Moreno -paradójicamente se llama Lenin-.

  Bajo la vigilancia del Estado que se ha convertido en el policía de la región -Colombia-, y desde el cual se amenaza, se desestabiliza y se planean provocaciones que justifiquen invasiones de “fuerzas de paz”, en toda Sudamérica se vuelve a los brutales tiempos de la Colonia, ahora con el “nuevo” extractivismo, que no es sino el ancestral saqueo de recursos naturales, tipificados como “materias primas”, y que, en los gobiernos progresistas de la región, se avala y promueve como un “extractivismo de izquierda” -que viene siendo algo así como un capitalismo de izquierda o una izquierda capitalista o a saber qué quiere decir eso-, pero igual destruyen y despojan, sólo que es por una “buena causa” (¿?).  Cualquier crítica o movimiento opositor a la destrucción de los territorios de los originarios es catalogada como “promovida por el Imperio”, “de aliento derechista”, y demás equivalentes a “es un complot de la mafia del Poder”.

  En suma, en el continente, el “patio trasero” del Capital se extiende hasta el Cabo de Hornos.

  Pero si miramos hacia abajo…

  Vemos rebeldías y resistencias, en primer término, de los pueblos originarios.  Sería injusto nombrarlos a todos, pues siempre se correría el riesgo de omitir algunos.  Pero su identidad resalta en su lucha.  Ahí donde la máquina encuentra resistencia a su avance depredador, la rebeldía se viste de colores nuevos de tan antiguos y habla lenguas “extrañas”.  El despojo, también disfrazado de renta de la tierra, trata de imponer su lógica mercantil a quienes se refieren a la tierra como la madre.

  Estas resistencias son acompañadas por grupos, colectivos y organizaciones que, sin ser propiamente de los originarios, comparten con ellos empeño y destino, es decir, corazón.  Por ello sufren calumnias, persecuciones, encarcelamientos y, no pocas veces, la muerte.

  Para la máquina, los originarios son cosas, incapaces de pensar, sentir y decidir; así que no es ajena a su lógica automatizada el pensar que estos grupos en realidad “dirigen”, “usan” y “mal orientan” a esas “cosas” (los originarios) que se niegan a abrazar la idea de que todo es una mercancía.  Todo, incluyendo su historia, lengua, cultura.

  Para el sistema, el destino de los originarios está en los museos, las especialidades de antropología, los mercados de artesanías, y la imagen de la mano tendida esperando limosna.  Debe ser desesperante, para los teóricos y abogados de la máquina, ese analfabetismo que no entiende las palabras: “consumo”, “ganancia”, “progreso”, “orden”, “modernidad”, “conformismo”, “compra-venta”, “rendición”, “claudicación”.  Para alfabetizar a esos remisos de la civilización, son buenos los programas asistenciales que dividen y confrontan, los barrotes de la cárcel, el plomo y la desaparición.  Y sí, hay quien se vende y entrega a los suyos al verdugo, pero hay comunidades que se mantienen rebeldes porque saben que nacieron para la vida, y que las promesas de “progreso” esconden la muerte peor: la del olvido.

  Seguimos a Centroamérica (donde en Nicaragua se reedita Shakespeare, y la pareja Macbeth, Daniel y Rosario, se preguntan “¿Quién se iba a imaginar que el viejo (Sandino) tuviera tanta sangre en el cuerpo?” mientras intentan, en vano, limpiarse las manos en una bandera rojinegra), que se empieza a transformar, de un territorio olvidado (después de un saqueo despiadado), en un problema para el gran capital porque es un gran proveedor, y trampolín, de migrantes; y eso le va a asignar a México, y en concreto al sureste mexicano, el papel de muro.

  Y decidimos incluir a México en Centroamérica porque su historia lo llama a la América Latina y, aún en los mapamundis, Centroamérica es el brazo que se extienden quienes son hermanados por el dolor y la rabia.

  Pero a los gobiernos distintos que ha padecido y padecerá este país, y a su clase política, la vocación extranjera les lleva a admirar, imitar, servir y procurar “la anexión de los pueblos de nuestra América al Norte revuelto y brutal que los desprecia” (José Martí, “Carta a Manuel Mercado”, 18 de mayo de 1895).

  Cuando Donald Trump dice que quiere construir el muro, todos están pensando en el Río Bravo, pero el capital está pensando en el Suchiate, el Usumancita y el Hondo.  En realidad el muro estará en México para detener a los que vienen de Centroamérica y esto tal vez pueda ayudar a entender por qué Donald Trump, el 1 de julio, saludó al Juanito Trump, que había ganado las elecciones en México.

  El sentido de un muro lo da su contraposición a “algo”.  Todos los muros se erigen contra ese “algo”; llámense zombis, extraterrestres, delincuentes, indocumentados, migrantes, “sans papiers”, ilegales, clandestinos, ajenos.  Los muros no son sino el símil de la puerta y las ventanas cerradas de una casa, que así se protege del extranjero, del extraño, del Alien que, en su diferencia lleva la promesa del apocalipsis final.  Una de las raíces de la palabra “etnia” la remite a “la gente extranjera”.

  En los planes del capital, el muro contra América Latina tendrá la forma del imposible cuerno de la abundancia y se llamará “México”.

  En la región sureste, como ya dijimos, se construye la primera etapa del muro de Trump.  La oficina “nacional” de Migración se seguirá comportando como subordinada de la Border Patrol; y Guatemala y Belice son la última estación antes de ingresar a la aduana de Norteamérica.  Esto convierte al sureste mexicano en una de las prioridades de conquista y administración.

  Por eso, en los nuevos planes “geopolíticos”, se ofrece crear un “colchón”, un “amortiguador”, un filtro que reduzca drásticamente la migración.  Se ofrece, así, un placebo para aliviar la pesadilla del capital: una horda de zombis (es decir, de migrantes) al pie de sus muros, amenazando sus formas de vida y “rayando”, en la indiferente superficie de hierro y concreto, el grafiti que señala:

“Tu bienestar está construido sobre mi desgracia”.

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  En este país, llamado también “República Mexicana”, las pasadas elecciones federales consiguieron ocultar la realidad… por un instante: la crisis económica, la descomposición social (con su larga cauda de feminicidios), y la consolidación (a pesar de los supuestos “golpes mortales” al narco) de los Estados paralelos (o imbricados con el Nacional) del llamado “crimen organizado”.  Aunque por poco tiempo, los asesinatos, secuestros y desapariciones de mujeres de todas las edades, pasaron a segundo plano.  Lo mismo con la carestía y el desempleo.  Pero, apagándose ya el entusiasmo por el resultado electoral, la realidad vuelve a decir “aquí estoy, falta mi voto… y mi guadaña”.

  Sobre el horror que ha convertido a México en un cementerio y en el limbo, el no-lugar, de las desapariciones, no diremos mucho.  Bastaría atender a los medios para darse una vaga idea.  Pero una descripción, análisis y valoración más profunda, se puede encontrar en las participaciones de Jacobo Dayán, Mónica Meltis, Irene Tello Arista, Daniela Rea, Marcela Turati, Ximena Antillón, Mariana Mora, Edith Escareño, Mauricio González González y John Gibler, en el semillero de abril de este año, “Miradas, Escuchas, Palabras; ¿Prohibido Pensar?”, en el CIDECI de San Cristóbal de las Casas, Chiapas; y en sus escritos, crónicas, reportajes y columnas.  Y aun así, leer o escuchar sobre el horror cotidiano, es muy lejano a vivirlo como cotidianeidad.

  Al gran capital no le importan las desapariciones, los secuestros y los feminicidios.  Lo que le preocupa es SU seguridad y la de SUS programas.  La corrupción que le incomoda es la que recorta su ganancia.  Por esto es que se le propone “Yo voy a hacer un buen capataz, voy a tener a la peonada tranquila y contenta, vas a volver a tener la seguridad que los gobiernos pasados te escatimaron, vas a poder sacar lo que quieres sacar, y no te voy a robar nada”.

  Al sistema le sigue estorbando una cosa que es el Estado Nacional y le va a asignar cada vez más la única función para la que nace cualquier Estado, es decir, asegurar por medio de la fuerza, la relación entre dominadores y dominados.

  Los planes de desarrollo de los nuevos gobiernos en cualquier parte del mundo no son sino declaraciones de guerra particulares en los territorios donde esos planes de desarrollo se van a operar.

  Si se hablara sin palabrería hueca, se diría que se propone construir páramos y desiertos, y, al mismo tiempo, se construye ya la coartada para eludir la responsabilidad de esa destrucción: “te aniquilamos, pero fue por el bien de todos”.

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  Me equivoqué.  Nosotros habíamos previsto que iba a haber un fraude electoral (y lo hubo, pero en otro sentido).  Habíamos previsto que López Obrador iba a ganar, pero que el sistema le iba a escatimar el triunfo con trampas.  Y estábamos pensando en cuáles eran las opciones del sistema después de ese fraude.  Según nuestro análisis, no les preocupaba un escándalo porque ya habían soportado el de la Casa Blanca, Ayotzinapa, la Estafa Maestra, las corrupciones en los gobiernos de los estados, y entonces en caso de que se hiciera un escándalo por un fraude, a Peña Nieto ni le iba ni le venía.  Pensamos que el dilema del sistema era elegir entre Meade y Anaya, elegir cuál era más de derecha, más eficaz para sus planes, quién de ellos sería un mejor capataz.

  Las posibilidades de una resistencia sostenida y radical del entonces candidato que iba a ser defraudado eran mínimas, entonces no iba a pasar nada de peligro para el sistema, pero sí iba a haber protestas.  Es la disculpa que les presento, porque pensando en eso es que retrasamos la convocatoria a las redes, porque creímos que iba a haber protestas, bloqueos y todo eso, y si los invitábamos a lo mejor se quedaban atorados en cualquier parte; por eso les llegó tarde la convocatoria, disculpen.

  Nosotras, nosotros, nosotroas, zapatistas, siempre nos preparamos para lo peor.  Si ocurre, estábamos preparados.  Si no ocurre, pues igual estábamos preparados.

  Entonces nosotros pensamos ahora, por lo que estamos viendo, que no nos equivocamos, que en efecto el sistema escogió, de entre los cuatro candidatos al que se propone como más eficiente, el señor López Obrador.   Y las pruebas de amor que dio el señor López Obrador, o que está dando este señor, para el gran capital, o sea para el finquero, son, entre otros, la entrega de los territorios de los pueblos originarios.  Sus proyectos para el sureste, por mencionar algunos, para el Istmo, para Chiapas, Tabasco, Yucatán y Campeche, son, en realidad, proyectos de despojo.

  Y lo principal que le preocupa a un gobierno que sale es la impunidad, no sus índices de popularidad.  Entonces el “voto” gubernamental debía orientarse a quien le garantizara el no ser perseguido.  Que el exilio o la cárcel no fueran el siempre necesario recurso de la legitimidad para el nuevo.  El nuevo capataz debía prometer (y probar) que no criminalizaría al capataz pasado.

  Pero no crean que el nuevo gobierno va a ser como cualquier otro capataz, con él viene el “nuevo” pensamiento único.

  Hay una especie de nueva religión que se está gestando.  Como que ya no basta la religión del mercado, que aparece en todos los lugares donde los gobiernos de derecha empiezan a hacerse del poder, sino que es como una especie de nueva moral que se impone con el argumento cuantitativo y que ataca el quehacer científico, el arte y la lucha social.

  Ya las luchas no son por una demanda, sino que hay luchas buenas y hay luchas malas.  Para ponerlo en un lenguaje que entiendan: están las luchas buenas y están las luchas que sirven a la mafia del poder, el arte “bueno” y el que sirva a la mafia del poder, el quehacer científico “correcto” y el que sirva a la mafia del poder.  Todo lo que no se guíe por el nuevo pensamiento único que se está normando, es parte del enemigo.  Y la fe, o la nueva fe que se está gestando ahora, necesitan de un individuo excepcional, por un lado, y una masa que lo siga.

  Esto ha pasado en otras partes de la historia mundial, y ahora va a empezar a pasar acá.  Por eso, a las críticas y señalamientos que hagan ustedes, o que hagamos nosotros, no se responde con argumentos sino se dice, por ejemplo, que somos groseros o que es que tenemos envidia.

  No dudamos de que haya gente que, honestamente, haya pensado que el cambio prometido, además de barato (sólo había que cruzar una boleta), apuntaría a un cambio real o “verdadero”.  Debe dar bronca que, en el panorama de allá arriba, se repitan los nombres de los criminales de antes, aunque hayan cambiado a guinda su color.

  Pero la vocación de derechas del nuevo equipo de gobierno es innegable.  Y su entorno “intelectual” y social reivindica sin rubor su tendencia autoritaria.  El guión que señalamos hace 13 años, en 2005, se está siguiendo al pie de la letra.  Quien fue ruin en la derrota, es ruin en la victoria.  Decir que el próximo gobierno es de izquierda o progresista, no es sino una calumnia.  Usamos entonces el símil del huevo de la serpiente.  Hay una película que se llama así, de Ingmar Bergman, y hay una parte donde un doctor (que, por cierto, lo interpretaba el actor de Kung Fu, David Carradine) explica que lo que está pasando en Alemania en ese entonces -que luego va a hacerse fascista- se puede ver como el huevo de una serpiente, que si lo ves a contraluz, se ve adentro lo que trae, y en ese entonces se estaba viendo adentro lo que ahora está pasando.

  Ustedes saben que todo el esfuerzo del Partido Movimiento de Regeneración Nacional, y de López Obrador y su equipo, desde el 1º de julio, es por congraciarse con la clase dominante y con el gran capital.   No hay ningún indicio (nadie se puede llamar a engaño), ningún indicio que diga que es un gobierno progresista, ninguno.  Sus principales proyectos van a destruir los territorios de los pueblos originarios: el millón de hectáreas en la Lacandona, el Tren Maya, o el corredor del Istmo que quieren hacer, entre otros.  Su franca empatía con el gobierno de Donald Trump es ya una confesión pública.  Su “luna de miel” con los empresarios y los grandes capitales está representada en los principales puestos de su gabinete y en sus planes para la “IV transformación”.

  Creemos que es claro que el beneplácito del Poder, del Dinero al “triunfo” de López Obrador, fue más allá del reconocimiento.  En el gran capital hay un verdadero entusiasmo por las oportunidades de conquista que se presentan con el programa de gobierno lopezobradorista.

  Tenemos algunos datos duros y muchos chismes (no se pueden comprobar) sobre lo sucedido en el pasado proceso electoral.  No los damos a conocer porque de ellos se podría deducir que hubo un fraude, y nada más alejado de nuestras intenciones que el intentar agriar la euforia que invade a los “30 millones”.

  Pero lo que nadie quiere señalar es que hubo una especie de “madruguete mediático”, tal y como sucedió en las anteriores elecciones: la de Calderón y la de Peña Nieto.  Es decir, no fueron “las instituciones” quienes dijeron quién ganó, sino los medios.  Cuando el Programa de Resultados Preliminares Electorales (PREP) apenas iniciaba, Televisa y TvAzteca ya decían quién era el ganador; unos minutos después, con menos del 1% de los votos contabilizados, el aval de Meade, de Anaya y de la Calderona.  Pasadas unas horas, el “camarada” Trump se congratula, y en la madrugada del día 2, el ya nombrable, Carlos Salinas de Gortari, se suma a las felicitaciones.  Sin conocerse los resultados oficiales, inicia el besamanos que el PRI convirtió en patrimonio nacional.  ¿Y el INE?  Pues cumpliendo la función para la que fue creado: ser el Patiño de la “democracia electoral”.  Las “instituciones” responsables del proceso se limitaron a seguir el alud mediático.

  La intelectualidad progresista que, en caso de que no fuera su líder, hubiera denunciado lo ocurrido como un “golpe de Estado mediático”, ahora suscribe, sin rubor alguno, el “haiga sido como haiga sido”: “ganamos, ya no importa cómo”.  El asunto es que todo parece indicar que el resultado fue negociado y acordado fuera de las urnas y del calendario electoral.  Pero ya nada de eso importa, el gran elector decretó: “Habemus Capataz, a seguir con los negocios”.

  Este nuevo pensamiento único va a suplir el argumento de la razón, por el argumento cuantitativo: “30 millones no pueden equivocarse”, que fue el que usó el padre no me acuerdo cómo se llama, ¿Solalinde?, ése (perdón, es que nunca lo pronuncio bien y el SubMoy siempre me está corrigiendo), y que se está usando a cada rato: “¿por qué se oponen a 30 millones?  Ustedes son apenas 300 personas y además son sucias, feas, malas y groseras”.  Bueno, hablan de ustedes (las redes), yo sólo soy grosero.

 Con esta nueva forma de fe (frente a ella, nosotros estamos insistiendo que falta el voto que vale, que es el voto de la realidad), es como se empieza a imponer en el imaginario colectivo la razón de la cantidad sobre el análisis y la razón argumentada.

  Y la historia se empieza a reescribir para convertirse en la nueva Historia oficial.  En ella, todos los movimientos sociales y políticos del pasado en realidad apuntaban a llevar a la presidencia a López Obrador.  Ya leímos que el movimiento del 68 no fue sino el antecedente del “fin de los tiempos”, 50 años después.  Ya leímos que se purifica a Manuel Bartlett y a criminales semejantes porque están del lado del ganador.  Ya leímos que Alfonso Romo es un empresario “honesto” que sólo tiene interés en mejorar a su prójimo.

  Ya leímos que, quienes ayer eran del PRI, del PAN, del PRD, del Verde Ecologista, o que se foguearon como militantes en la farándula, ahora son preclaros líderes de la IV transformación.  Y ya leímos también que ¡el alzamiento zapatista de 1994 fue el preludio del alzamiento “ciudadano” de 2018!  Y el líder ya indicó que se hagan elaboraciones teóricas sobre su ascenso al Poder.  No falta mucho para que los historiadores afines, modifiquen los libros de texto de historia.

 Advertimos que viene un alud, un tsunami, de análisis frívolos y chabacanos, de nuevas religiones laicas, de profetas menores -muy menores-, porque tienen la plataforma para hacer eso.  Habrá muchos sapos para quien quiera tragarlos.  Y. puesto que hablamos de neo religión, las ruedas de molino se democratizarán para que todos puedan comulgar.

  Aparecerán los nuevos “boy scouts”, los niños exploradores dispuestos a hacer el bien, aunque mirando bien a quién.

  Los “representantes de los ciudadanos” promoviendo la ciudadanización: lo que quieren los “autóctonos” (me cae que así nos dicen) es ser como quien los despoja.  Ser “iguales”, así sea en la fugaz temporalidad de la urna, y “libres” a la hora de firmar la concesión para la mina-hotel-vía férrea, el contrato de “empleo”, los pagos a plazos, el “apoyo firme a nuestro presidente”, la solicitud de “apoyo gubernamental”.

  Habrá un auge previsible de la gestoría pero, en lugar de recursos, tendrán interlocución.  Y eso vale, aunque no haya paga.  Porque el modelo de “ventanillas” se descentralizará.  Ya no se tendrá que ir a un edificio, formarse y darse cuenta, después de una larga fila, de que faltó la copia rosa.  Ahora la ventanilla irá a su lugar: “pida, nosotros vamos; como comprobante recibirá usted una promesa”.

  Si hay quien nada tiene, es probable que tenga la esperanza.  Los nuevos timadores se encargarán de administrar esa esperanza, de dosificar su aliento y de convertirla en la quimera que consuela pero no resuelve.

  Se reciclará el argumento que se usa en cierto sector de la lucha social, que dice que no es posible cambiar el sistema, que lo que hay que hacer es administrar o limar sus filos para que no lastimen mucho, o sea, que podemos convertirlos en buenos capataces, incluso llegar a crear un buen capitalismo, y que es posible cambiar al sistema desde dentro.

  Ya se adivina la figura a través del cascarón: se demanda la claudicación de la razón y el pensamiento crítico; el enaltecimiento del nacionalismo con base al autoritarismo “bueno”; la persecución de lo diferente; la legitimidad ganada por griterío; la neo religión laica; la unanimidad impuesta; la claudicación de la crítica; y el nuevo lema nacional: “Prohibido Pensar”.  En suma: la hegemonía y la homogeneidad que sustentan los fascismos que se niegan a reconocerse como tales.

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  ¿Son conceptos que permiten entender (y actuar) los que se presentan a la mano?  ¿Términos como “ciudadanía”, “juventud”, “mujeres”, “progreso”, “desarrollo”, “modernidad”, “democracia electoral” como sinónimo de democracia?

  El término “ciudadano” no sirve como concepto para entender lo que sucede: “Ciudadano” es Carlos Slim, como lo es el campesino despojado por el nuevo aeropuerto de la Ciudad de México.  Lo es Ricardo Salinas Pliego, y quien vive en la calle después del terremoto de septiembre del 2017.  Lo es Alfonso Romo, y los miembros de la comunidad tzeltal que serán despojados de sus tierras para que pase un tren en el que los turistas se tomen “selfies”.

  Otro: “juventud”.  “Jóvenes” son las hijas de Peña Nieto, y las trabajadoras y estudiantes asesinadas.

  Otro: “mujeres”.  “Mujeres” son la Aramburuzavala, la Gonda, la Sánchez Cordero, la González Blanco Ortiz Mena, la Merkel y la May, y lo son las asesinadas de Ciudad Juárez, las violadas en cualquier rincón del mundo, las golpeadas, las explotadas, las perseguidas, las encarceladas, las desaparecidas.

  Todos los conceptos que eliminen la división o que no ayuden a entender una división de clase entre dominadores y dominados, son un engaño y permiten que convivan, en uno, unos y otros.  Esta transversalidad -que le dicen- entre el capital y el trabajo, no sirve para nada, no explica nada y lleva a una convivencia perversa entre explotador y explotado y, por un momento, parece que son lo mismo aunque no sea así.

  Viene también ese intento de volver al sistema de antes, ese salto imposible hacia atrás al “Estado de Bienestar”, al “Estado Benefactor” de Keynes, al viejo PRI (por eso alguien bromeaba que la primera transformación fue PNR; luego la segunda fue PRM; la tercera fue PRI, y ahora la cuarta transformación es PRIMOR).

  Y con eso viene la añeja discusión entre reforma y revolución.  Los “debates” entre los “radicales” que pugnaban por la revolución, y los “fresas” que estaban por un cambio gradual, por las reformas paulatinas hasta llegar al reino de la felicidad.  Esas discusiones se daban antes en los cafés.  Las ágoras de ahora son las redes sociales y se puede seguir ese ejercicio de autoerotismo en los “influencers” (o como se diga).

  Nosotros pensamos que ni siquiera es necesario discutir eso, porque la reforma no es posible ya; lo que destruyó el capitalismo ya no es salvable, ya no puede haber un capitalismo bueno (pensamos que nunca ha existido esa posibilidad), tenemos que destruirlo totalmente.

  Y parafraseando lo dicho por las zapatistas en el Encuentro de Mujeres que Luchan: no basta con prenderle fuego al sistema: hay que estar pendientes de que se consuma totalmente y sólo queden cenizas.

 

  De esto ya hablaremos en otra ocasión.  Por ahora sólo queremos señalar que la contrarrevolución social sí es posible  No sólo es posible, sino que va a acechar continuamente, porque van a tratar de aniquilar toda lucha externa a este proceso de domesticación que va a seguir  Va a tratar de ser arrasada, sobre todo con violencia.

  No sólo en marginación, no sólo en calumnias, sino que va a incluir los ataques paramilitares, militares, policiacos.

  Para todo aquel que desafíe estas reglas nuevas -que en realidad son las viejas- no va a haber amnistía, ni perdón, ni absolución, ni abrazos, ni fotos; va a haber la muerte y la destrucción.

  La lucha contra la corrupción (que no es otra cosa que la lucha por una buena administración del dominio) no sólo no incluye la lucha por la libertad y la justicia, sino que se le contrapone, porque con la coartada de la lucha contra la corrupción se pugna por un aparato de Estado más eficiente en la casi única función que detenta el Estado Nacional: la represión.  Pronto, ni ésa.

  El gobierno dejará de ser el capataz ladrón que se queda con varias vaquillas y toretes que no reporta al finquero.  El nuevo capataz no robará, le entregará al patrón la ganancia íntegra.

  Quieren devolverle al Estado Nacional, en este caso México, sus funciones reales.  Es decir, cuando se habla de que se necesita la seguridad, es la seguridad del capital; es la implantación y el perfeccionamiento de un nuevo estado policial: “voy a hacer bien las cosas porque voy a vigilar todo”.  La seguridad reclamada por la “ciudadanización” es, en los hechos, la reimplantación de un sistema policíaco, un muro modernizado y profesionalizado que sepa distinguir entre “los buenos” y “los malos”.

   Se profesionalizará la policía de la ciudad del Capital.  Ahí se reducirá el índice criminal y habrá policías “bell@s” que ayudarán a l@s ancian@s a cruzar la calle, buscarán a las mascotas extraviadas y verán que el tráfico sea amable para quien importa: los automóviles.

  Afuera, en la periferia, seguirá adelante el contubernio entre quien debe prevenir y perseguir el delito, y quien lo comete.  Pero, en compensación, se fomentará el turismo extremo: en la ciudad del Capital se organizarán “tours” y “safaris” para conocer esas raras creaturas que habitan las sombras; los turistas podrán tomarse una “selfie” con el joven detenido-golpeado-asesinado, con su sangre confundiendo los colores de los tatuajes, matando el brillo de los piercings y estoperoles, manchando el verde-morado-azul-rojo-naranja del cabello.  ¿Quién era?  ¿A quién le importa?  En una “selfie” todo lo que no sea el “yo” es pura escenografía, una anécdota, una emoción “fuerte” para lucir en el feis, en instagram, los chats, las autobiografías.  Y, en el altavoz del vehículo blindado, la guía de turistas, amable, advierte: “les recordamos que el consumo de tacos, tortas y demás garnachas son por su cuenta y riesgo; la empresa no se hace responsable de indigestiones, gastritis e infecciones estomacales.  Para quienes bajaron, aquí tenemos gel antibacterial”.

  El nuevo gobierno promete recuperar el monopolio del uso de la fuerza (que le fue arrebatada por el llamado “crimen organizado”).  Pero ya no sólo con las policías y ejércitos tradicionales.  También con los “nuevos” vigilantes: las nuevas camisas “pardas” o guindas, en las que se van a convertir los feligreses de la nueva religión laica; la masa que va a estar atacando a los movimientos sociales que no se domestiquen.  Los reciclados “batallones rojos” (ahora “guindas”, por la IV transformación) que habrán de completar la “limpieza” de suci@s, fe@s, mal@s y groser@s, y todo aquel que se resista al orden, el progreso y el desarrollo.

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  Entonces seguimos bajando, pues, a ver cómo están resistiendo (junto a otras organizaciones, grupos y colectivos), nuestras comunidades, -ahorita aquí con nosotros está parte de la dirección colectiva del EZLN, 90 comandantas y comandantes, son más pero son los que nos están acompañando esta vez para honrar la visita de ustedes (las redes)-.

  Nosotros seguimos caminando con dos pies: la rebeldía y la resistencia, el no y el sí; el no al sistema y el sí a nuestra autonomía, que quiere decir que tenemos que construir nuestro propio camino hacia la vida.  El nuestro está basado en algunas de las raíces de las comunidades originarias (o indígenas): el colectivo, el apoyo mutuo y solidario, el apego a la tierra, el cultivo de las artes y las ciencias, y la vigilancia constante contra la acumulación de riqueza.  Eso, y las ciencias y las artes, son nuestra guía.  Es nuestro “modo”, pero pensamos que en otras historias e identidades, es diferente.  Por eso nosotros decimos el zapatismo no se puede exportar, ni siquiera en el territorio de Chiapas, sino que cada calendario y geografía tiene que seguir con su propia lógica.

  Los resultados de nuestro caminar están a la vista de quien quiera mirar, analizar y criticar.  Aunque, claro, nuestra rebeldía es tan, pero tan pequeña, que se necesitaría un microscopio o, mejor aún, un periscopio invertido para detectarla.

  Y tampoco es un ejercicio muy alentador: nuestras posibilidades son mínimas.

  No llegamos, ni de lejos, a los 30 millones.

  Tal vez sólo seamos 300.

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(Continuará…)

300. Primera parte: UNA FINCA, UN MUNDO, UNA GUERRA, POCAS PROBABILIDADES. Subcomandante Insurgente Moisés, SupGaleano.

Participación de la Comisión Sexta del EZLN en el Encuentro de Redes de Apoyo al CIG y su Vocera.

(Versión ampliada)

Por razones de tiempo, la participación zapatista no fue completa.  Les prometimos que luego les mandábamos lo que faltó: aquí la versión original que incluye partes de la transcripción más lo que no se mencionó.  De nada.  No hay por qué darlas.

300.

Primera parte:

UNA FINCA, UN MUNDO, UNA GUERRA, POCAS PROBABILIDADES.

Agosto del 2018.

Subcomandante Insurgente Galeano:

  Buenos días, gracias por haber venido, por aceptar nuestra invitación y compartirnos su palabra.

  Vamos a empezar a explicar cuál es nuestro modo para hacer análisis y valoraciones.

  Nosotros empezamos por analizar qué pasa en el mundo, luego nos bajamos a qué pasa en el continente, luego nos bajamos a qué pasa en el país, luego en la región y luego en lo local.  Y de ahí sacamos una iniciativa y la empezamos a subir de lo local a lo regional, a lo nacional, al continente y al mundo entero.

  Según nuestro pensamiento, el sistema dominante a nivel mundial es el capitalismo. Para explicárnoslo y para explicarlo a otros, usamos la imagen de una finca.

  Le voy a pedir al Subcomandante Insurgente Moisés que nos platique de eso.

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Subcomandante Insurgente Moisés:

  Bueno, entonces compañeros, compañeras, entrevistamos a compañeros y a compañeras bisabuelos y bisabuelas que estuvieron en su vida -algunos todavía están vivos y vivas-.  Esto es lo que nos contaron, que nos llevó a pensar -decimos ahora- que los ricos, los capitalistas, quieren convertir en su finca lo que es el mundo.

  Está el finquero, el terrateniente, el dueño pues así de miles de hectáreas de tierra, y ya eso cuando no está, pues el patrón tiene su capataz que es el que cuida la finca, y de ahí ese capataz busca su mayordomo que es el que va a ir a exigir que se trabaje su tierra; y ese capataz, ordenado por el patrón, tiene que buscar a otro que le llaman el caporal, que es el que cuida alrededor de la hacienda, de su casa, pues.  Entonces nos contaron de que en las fincas hay distintas cosas de lo que se hace ahí en la finca: hay finca ganadera, hay finca cafetalera, hay finca de caña, donde hacen panela, y de milpa y de frijol.  Entonces lo combinan, lo combinan eso; o sea en una finca de 10 mil hectáreas ahí está todo ahí, hay de ganadería, de cañería, de frijol, milpa.  Entonces toda su vida la gente está circulando ahí, trabajando ahí pues -lo que decimos los mozos o los baldíos, la gente que está sufriendo ahí-.

  De capataz, pues él completa su paga robándole al patrón de lo que produce la finca.  O sea que además de lo que le da el patrón, el finquero, el capataz tiene su ganancia de robar.  Por ejemplo, si nacen 10 vaquillas y 4 toretes, pues el capataz no reporta cabal, sino que le dice al patrón que sólo nacieron 5 vaquillas y 2 toretes.  Si el patrón se da cuenta de la tranza, pues lo corretea al capataz y pone a otro.  Pero siempre algo roba el capataz o sea que es la corrupción que dicen.

  Nos cuentan que cuando el capataz, porque no está el patrón, y entonces el capataz es el que queda, y cuando el capataz también quiere salir, entonces busca a alguien de los que tiene ahí, que sea igual como él de cabrón pues, de exigente pues; entonces mientras él va a echar su vuelta deja nombrado a alguien o sea, como que busca a su amigo que va a dejar a su cargo para luego llegar y tomar otra vez en su mano el capataz.

  Y entonces vemos eso, que el patrón no está, el patrón está en otro lado pues, el capataz es el que decimos así de que como los países o los pueblos que nosotros decimos, porque vemos que ya no es país pues; es el Peña Nieto como decimos, el capataz.  El mayordomo decimos que son los gobernadores, y los caporales los presidentes municipales.  Está estructurado de una manera en cómo van a dominar, pues.

  También vemos que ese capataz, mayordomo y caporal son los que exigen a la gente.   Y ahí en la finca nos cuentan los bisabuelos que ahí hay una tienda, que le dicen tienda de raya -así nos lo contaron pues- quiere decir que la tienda es ahí donde se endeuda; entonces los explotados, explotadas que están ahí, mozos o mozas como le decimos, pues,  entonces ya se acostumbraron de que ahí van a comprar su sal, su jabón, lo que necesita, o sea, no manejan dinero; tiene ahí el patrón su tienda y ahí es donde se enlistan, porque necesitan la sal, el jabón, el machete, la limadora o el hacha, entonces compran ahí, no es porque van a pagar con dinero sino con su fuerza de trabajo.

  Y nos cuentan los bisabuelos que su vida, tanto como mujeres y hombres, es que le dan lo poco para comer el día de hoy para que mañana continúa trabajándole al patrón, y así a lo largo de todas sus vidas que la pasaron.

   Y comprobamos lo que dicen nuestros bisabuelos porque cuando nosotros salimos en el 94, cuando fuimos tomando las fincas para sacar a esos explotadores, encontramos a capataces y a gentes acasillados, que están acostumbrados a eso lo que les dije de tiendas de raya, entonces esa gente acasillada nos dijeron que no saben qué van a hacer, que porque ahora dónde va a encontrar su sal, su jabón, porque ya no está su patrón.  Nos preguntaban a nosotros que ahora quién va a ser el nuevo patrón, porque quiere ir ahí porque no sabe qué hacer, porque dónde va a encontrar su jabón, su sal.

  Entonces nosotros les dijimos: ahorita estás libre, trabaja la tierra, es tuya, así como el patrón que te explotó ahora vas a trabajar, pero es para ti, para tu familia.  Pero entonces se resiste diciendo de que no, de que esta tierra es del patrón.

  Es ahí donde comprobamos que hay gente que ya está hallada pues a la esclavitud. Y si tienen su libertad, pues no saben qué hacer, porque sólo saben obedecer.

  Y esto que les estoy hablando es de hace 100 años, más de 100 años, porque nuestros bisabuelos -uno de ellos tiene más o menos como 125, 126 años ahorita, porque ya tiene más de un año que lo entrevistamos a ese compa- son los que nos cuentan.

  Entonces así lo vimos, que sigue eso.  Hoy pensamos que así está el capitalismo ahora. Quiere convertir en finca el mundo.  O sea, pero son los empresarios trasnacionales: “Voy a mi finca La Mexicana”, según lo que le antoja; “voy a mi finca La Guatemalteca, La Hondureña”, y así.

  Y va a empezar a organizar según su interés al capitalismo pues, así como nos cuentan nuestros bisabuelos, que en una finca hay de todo ahí, café, ganado, maíz, frijol, y en otra finca no, es puro nomás de caña para sacar panela, y en la otra pues otra cosa.  Así nos fueron organizando ellos, cada finquero pues.

  No hay patrón bueno, todos son malos.

  Aunque nos cuentan nuestros bisabuelos que nos cuentan de que hay unos buenos -dicen- pero a la hora de que nos toca analizarlo, pensarlo, verlo, simplemente porque no hay tanto maltrato físico, es lo que dicen nuestros bisabuelos eso de que entonces son buenos, porque no los chicotean pues; pero de explotados, explotadas, no hay salvación.  En otras fincas sí, aparte de que estás cansado ya del trabajo y si no les cumples más, pues los chicotean.

  Entonces pensamos que todo eso lo que les pasó es lo que va a pasar con nosotros, pero ahora sí ya no sólo nomás en el campo, sino en la ciudad.  Porque no es lo mismo el capitalismo de hace 100 años, 200 años, ya son diferentes su modo de explotación y no sólo nomás en el campo explota ahora sino también en la ciudad.  Y su explotación cambia de modo, decimos, pero igual es explotación.  Como que es la misma jaula de encierro, pero cada tanto la pintan, como que es nueva, pero es la misma.

  Pero como quiera hay gente que no quiere la libertad, sino que ya se halló a obedecer, y entonces sólo busca un cambio de patrón, de capataz, que no sea tan cabrón o sea que igual explote pero trate bien.

  Entonces nosotros no lo perdemos de vista eso porque viene, ya están empezando, y así.

  Eso es lo que nos llama la atención de que ¿será que hay otros, otras, que ven, piensan, comparan igual que así nos la van a hacer?

  ¿Y qué van a hacer estas hermanas y hermanos?  ¿Será que se conforman con un cambio de capataz o de patrón, o es que lo que quieren es la libertad?

  Eso es lo que me toca explicarles eso porque viene con lo que nosotros pensamos y vemos con los compañeros, compañeras, como Ejército Zapatista de Liberación Nacional.

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Subcomandante Insurgente Galeano:

  Entonces lo que nosotros vemos a nivel mundial es una economía depredadora.   El sistema capitalista está avanzando de forma de conquistar territorios, destruyendo lo más que pueda.  Simultáneamente hay un ensalzamiento del consumo.  Parece que el capitalismo ya no parece preocupado por quién va a producir las cosas, para eso están las máquinas, pero no hay máquinas que consuman mercancías.

  En realidad, este enaltecimiento del consumo, esconde una explotación brutal y un despojo sanguinario de la humanidad que no aparecen en la inmediatez de la producción moderna de mercancías.

  La máquina que, automatizada al tope y sin la participación humana, fabrica computadoras o celulares, se sostiene, no en el avance científico y tecnológico, sino en el saqueo de recursos naturales (la necesaria destrucción/despoblamiento y reconstrucción/reordenamiento de territorios) y en la inhumana esclavitud de miles de ínfimas, pequeñas y medianas células de explotación de la fuerza de trabajo humana.

  El mercado (ese gigantesco almacén de mercancías) contribuye a ese espejismo del consumo: las mercancías le aparecen al consumidor como “ajenas” al trabajo humano (es decir, a su explotación); y una de las consecuencias “prácticas” es darle al consumidor (siempre individualizado) la opción de “rebelarse” eligiendo uno u otro mercado, uno u otro consumo, o negándose a un consumo específico.  ¿No se quiere consumir comida chatarra?  No problema, los productos alimenticios orgánicos también están a la venta, y a un precio más elevado.  ¿No consume conocidos refrescos de cola porque son dañinos a la salud?  No problema, el agua embotellada es comercializada por la misma empresa.  ¿No quiere consumir en las grandes cadenas de supermercados?  No problema, la misma empresa le surte a la tiendita de la esquina.  Y así.

  Entonces está organizando la sociedad mundial dándole, aparentemente, prioridad al consumo, entre otras cosas.  El sistema marcha con esa contradicción (entre otras): quiere deshacerse de la fuerza de trabajo porque su “uso” presenta varios problemas (por ejemplo: tiende a organizarse, protestar, hacer paros, huelgas, sabotaje en la producción, aliarse a otr@s); pero al mismo tiempo necesita el consumo de mercancías por parte de esa mercancía “especial”.

  Por más que el sistema apunte a “automatizarse”, la explotación de la fuerza de trabajo le es fundamental.  No importa cuánto consumo mande a la periferia del proceso productivo, o cuánto extienda la cadena de producción de modo que parezca (de “simular”) que el factor humano está ausente: sin la mercancía esencial (la fuerza de trabajo) el capitalismo es imposible.  Un mundo capitalista sin la explotación, donde sólo el consumo prevalece, es bueno para la ciencia ficción, las elucubraciones en las redes sociales y los sueños perezosos de los admiradores de los suicidas de la izquierda aristocrática.

  No es la existencia del trabajo la que define al capitalismo, sino la caracterización de la capacidad de trabajo como una mercancía que se vende y se compra en el mercado laboral.  Esto quiere decir que hay quien vende y hay quien compra; y, sobre todo, que hay quien sólo tiene la opción de venderse.

  La posibilidad de comprar la fuerza de trabajo está dada por la propiedad privada de los medios de producción, de circulación y consumo.  En la propiedad privada de estos medios está el núcleo vital del sistema.  Sobre esta división de clase (la poseedora y la desposeída) y para ocultarla, se construyen todas las simulaciones jurídicas y mediáticas, así como las evidencias dominantes: la ciudadanía y la igualdad jurídica; el sistema penal y policíaco, la democracia electoral y el entretenimiento (cada vez más difíciles de diferenciar); las neo religiones y las supuestas neutralidades de las tecnologías, las ciencias sociales y las artes; el libre acceso al mercado y al consumo; y las tonterías (más o menos elaboradas) del “cambio está en uno mismo”, “uno es el arquitecto de su propio destino”, “al mal tiempo pon buena cara”, “no le des un pescado al hambriento, mejor enséñale a pescar” (“y véndele la caña de pescar”), y, ahora de moda, los intentos de “humanizar” el capitalismo, hacerlo bueno, racional, desinteresado, light.

  Pero la máquina quiere ganancias y es insaciable.  No hay un límite para su glotonería.  Y el afán de ganancias no tiene ética ni racionalidad.  Si debe matar, mata.  Si necesita destruir, destruye.  Aunque sea el mundo entero.

  El sistema avanza en su reconquista del mundo.  No importa lo que se destruya, quede o sobre: es desechable mientras se obtenga la máxima ganancia y lo más rápido posible.  La máquina está volviendo a los métodos que le dieron origen -por eso nosotros les recomendamos leer la Acumulación Originaria del Capital-, que es mediante la violencia y mediante la guerra que se conquistan nuevos territorios.

  Como que el capitalismo dejó pendiente una parte de la conquista del mundo en el neoliberalismo y que ahora tiene que completarlo.  En su desarrollo, el sistema “descubre” que aparecieron nuevas mercancías y esas nuevas mercancías están en el territorio de los pueblos originarios: el agua, la tierra, el aire, la biodiversidad; todo lo que todavía no está maleado está en territorio de los pueblos originarios y van sobre ello.  Cuando el sistema busca (y conquista) nuevos mercados, no son sólo mercados de consumo, de compra-venta de mercancías; también, y sobre todo, busca y trata de conquistar territorios y poblaciones para extraerles todo lo que se pueda, no importa que, al terminar, deje un páramo como herencia y huella de su paso.

  Cuando una minera invade un territorio de los originarios, con la coartada de ofrecer “fuentes de trabajo” a la “población autóctona” (me cae que así nos dicen), no sólo está ofreciendo a esa gente la paga para comprar un nuevo celular de gama más alta, también está desechando a una parte de esa población y está aniquilando (en toda la extensión de la palabra) el territorio en el que opera.  El “desarrollo” y el “progreso” que ofrece el sistema, en realidad esconden que se trata de sus propios desarrollo y progreso; y, lo más importante, oculta que esos desarrollo y progreso se obtienen a costa de la muerte y la destrucción de poblaciones y territorios.

  Así se fundamenta la llamada “civilización”: lo que necesitan los pueblos originarios es “salir de la pobreza”, o sea necesitan paga.  Y entonces se ofrecen “empleos”, es decir, empresas que “contraten” (exploten pues) a los “aborígenes” (me cae que así nos dicen).

  “Civilizar” una comunidad originaria es convertir a su población en fuerza de trabajo asalariada, es decir, con capacidad de consumo.  Por eso todos los programas del Estado se plantean “la incorporación de la población marginada a la civilización”.  Y, en consecuencia, los pueblos originarios no demandan respeto a sus tiempos y modos de vida, sino “ayuda” para “colocar sus productos en el mercado” y “para obtener empleo”.  En resumen: la optimización de la pobreza.

  Y con lo de “pueblos originarios” nos referimos no sólo a los mal llamados “indígenas”, sino a todos los pueblos que originalmente cuidaban los territorios hoy bajo las guerras de conquista, como el pueblo kurdo, y que son subsumidos, por medio de la fuerza, en los llamados Estados Nacionales.

  La llamada “forma Nación” del Estado, nace con el ascenso del capitalismo como sistema dominante.  El capital necesitaba protección y ayuda para su crecimiento.  El Estado suma entonces, a su función esencial (la de la represión), la de ser garante de ese desarrollo.  Claro, entonces se dijo que era para normar la barbarie, “racionalizar” las relaciones sociales y “gobernar” para todos; “mediar” entre dominadores y dominados.

  La “libertad” era la libertad para comprar y vender (se) en el mercado; la “igualdad” era para cohesionar el dominio homogeneizando; y la “fraternidad”, bueno, tod@s somos herman@s, el patrón y el trabajador, el finquero y el peón, la víctima y el verdugo.

  Después se dijo que el Estado Nacional debía “regular” el sistema, ponerlo a salvo de sus propios excesos y hacerlo “más equitativo”.  Las crisis eran producto de defectos de la máquina, y el Estado (y el gobierno en particular), era el mecánico eficiente siempre alerta para arreglar esos desperfectos.  Claro, a la larga resultó que el Estado (y el gobierno en particular) era parte del problema, no la solución.

  Pero los elementos fundamentales de ese Estado Nación (policía, ejército, lengua, moneda, sistema jurídico, territorio, gobierno, población, frontera, mercado interno, identidad cultural, etc.) hoy están en crisis: las policías no previenen el delito, lo cometen: los ejércitos no defienden a la población, la reprimen; las “lenguas nacionales” son invadidas y modificadas (es decir, conquistadas) por la lengua dominante en el intercambio; las monedas nacionales se valúan conforme a las monedas que hegemonizan el mercado mundial; los sistemas jurídicos nacionales se subordinan a las leyes internacionales; los territorios se expanden y contraen (y fragmentan) conforme a la nueva guerra mundial; los gobiernos nacionales supeditan sus decisiones fundamentales a los dictados del capital financiero; las fronteras varían en su porosidad (abiertas para el tráfico de capitales y mercancías, y cerradas para las personas); las poblaciones nacionales se “mezclan” con las provenientes de otros Estados; y así.

  Al mismo tiempo que “descubre” nuevos “continentes” (es decir: nuevos mercados para extraer mercancías y para el consumo), el capitalismo enfrenta una crisis compleja (en su composición, en su extensión y en su profundidad), que él mismo produjo con este afán depredador.

  Es una combinación de crisis:

  Una es la crisis ambiental que está pegando en todas partes del mundo y que es producto también del desarrollo del capitalismo: la industrialización, el consumo y el saqueo de la naturaleza tienen un impacto ambiental que altera ya lo que se conoce como “planeta Tierra”.  El meteorito “capitalismo” ya cayó y ha modificado radicalmente la superficie y las entrañas del tercer planeta del sistema solar.

  La otra es la migración.  Se están pauperizando y destruyendo territorios enteros y obligando a la gente a migrar buscando vida.  La guerra de conquista, que está en la esencia misma del sistema, ya no ocupa territorios y su población, sino que pone a esa población en el rubro de “sobras”, “ruinas”, “escombros”, por lo que esas poblaciones o perecen o emigran a la “civilización” que, no hay que olvidarlo, se sostiene sobre la destrucción de “otras” civilizaciones.  Si esas personas no producen ni consumen, sobran.  El llamado “fenómeno migratorio” es producido y alimentado por el sistema.

  Y una más –en la que nosotros estamos encontrando coincidencias con varios analistas en todo el mundo- es el agotamiento de los recursos que hacen andar “la máquina”: los energéticos.  Los llamados “picos” finales en reservas de petróleo y carbón, por ejemplo, ya están muy cerca.  Esos energéticos se agotan y son muy limitados, su reposición duraría millones de años.  El previsible e inminente agotamiento hace que los territorios con reservas -aunque limitadas- de energéticos, sean estratégicos.  El desarrollo de fuentes de energía “alternas” va demasiado despacio por la sencilla razón de que no es rentable, es decir, no se repone rápido la inversión.

  Estos tres elementos de esa crisis compleja, ponen en entredicho la existencia misma del planeta.

  ¿La crisis terminal del capitalismo?  Ni de lejos.  El sistema ha demostrado que es capaz de superar sus contradicciones e, incluso, funcionar con ellas y en ellas.

  Entonces, ante esas crisis que el mismo capitalismo provoca, que provoca migración, provoca catástrofes naturales; que se acerca al límite de sus recursos energéticos fundamentales (en este caso el petróleo y el carbón), parece que el sistema está ensayando un repliegue hacia dentro, como una antiglobalización, para poder defenderse de sí mismo y está usando a la derecha política como garante de ese repliegue.

  Esta aparente contracción del sistema es como un resorte que se retrae para luego expandirse.  En realidad, el sistema se está preparando para una guerra.  Otra guerra.  Una total: en todas partes, todo el tiempo y con todos los medios.

  Se están construyendo muros legales, muros culturales y muros materiales para tratar de defenderse de la migración que ellos mismos provocaron; y se está tratando de volver a mapear el mundo, sus recursos y sus catástrofes, para que los primeros se administren para que el capital mantenga su funcionamiento, y las segundas no afecten tanto a los centros donde se agrupa el Poder.

  Estos muros van a seguir proliferando, según nosotros, hasta que se vaya construyendo una especie de archipiélago “de arriba” donde, dentro de “islas” protegidas, queden los dueños, digamos, los que tienen la riqueza; y afuera de esos archipiélagos quedamos todos los demás.  Un archipiélago con islas para los patrones, y con islas diferenciadas –como las fincas- con labores específicas.  Y, muy aparte, las islas perdidas, las de l@s desechables.  Y en el mar abierto, millones de barcazas deambulando de una a otra isla, buscando un lugar para atracar.

  ¿Ciencia Ficción de manufactura zapatista?  Googlee usted “Barco Aquarius” y vea la distancia que media entre lo que describimos y la realidad.  Al Aquarius varias naciones de Europa le negaron la posibilidad de atracar en puerto.  ¿La razón?  La carga letal que transporta: cientos de migrantes procedentes de países “liberados” por Occidente con guerras de ocupación, y de países gobernados por tiranos con el beneplácito de Occidente.

  “Occidente”, el símbolo de la civilización por auto denominación, va, destruye, despuebla y se repliega y cierra, mientras el gran capital sigue con sus negocios: fabricó y vendió las armas de destrucción, también fabrica y vende las máquinas para la reconstrucción.

  Y quien está apoyando este repliegue es la derecha política en varias partes.  Es decir, los capataces “efectivos”, los que controlan a la peonada y aseguran la ganancia para el finquero…  aunque más de uno, una, unoa, se roben parte de las vaquillas y toretes.  Y, además, “chicoteen” demasiado a su respectiva población acasillada.

  Todos los que sobren: o consumen o hay que aniquilarlos; hay que hacerlos a un lado; son -decimos nosotros- l@s desechables.  No cuentan ni siquiera como “victimas colaterales” en esta guerra.

  No es que algo está cambiando, es que ya cambió.

  Y ahora usamos el símil de los pueblos originarios porque durante mucho tiempo, en la etapa previa de desarrollo del capitalismo, los pueblos originarios quedaron como los olvidados.  Antes nosotros usábamos el ejemplo de los infantes indígenas, que eran los no-natos porque nacían y morían sin que nadie les llevara la cuenta, y esos no-natos habitaban en estas zonas, por ejemplo, en estas montañas que antes no les interesaban.  Las buenas tierras (las “planadas”, les decimos nosotros), fueron ocupadas por las fincas, por los grandes propietarios, y aventaron a los indígenas a las montañas, y ahora resulta que esas montañas tienen unas riquezas, mercancías, que quiere también el capital y entonces ya no hay a dónde irse para los pueblos originarios.

  O luchan y defienden, incluso hasta la muerte, esos territorios, o no hay de otra, pues.  Porque no habrá un barco que los recoja cuando naveguen a la intemperie en las aguas y tierras del mundo.

  Está en marcha una nueva guerra de conquista de los territorios de los originarios, y la bandera que porta el ejército invasor a veces lleva también los colores de la izquierda institucional.

  Este cambio en la máquina en lo que se refiere al campo o “zonas rurales”, que se puede apreciar hasta con un análisis superficial, también se presenta en las ciudades o “zonas urbanas”.  Las grandes ciudades se han reordenado o están en ese proceso, después o durante una guerra despiadada contra sus habitantes marginales.  Cada ciudad contiene muchas ciudades dentro, pero una central: la del capital.  Los muros que rodean esa ciudad están formados por leyes, planes de urbanización, policías y grupos de choque.

  El mundo entero se fragmenta; proliferan los muros; la máquina avanza en su nueva guerra de ocupación; cientos de miles de personas descubren que el nuevo hogar que les prometió la modernidad es una barcaza en altamar, la orilla de una carretera, o el hacinamiento de un centro de detención para “indocumentados”; millones de mujeres aprenden que el mundo es un gigantesco club de caza donde ellas son la presa a cobrar; la infancia se alfabetiza como mercancía sexual y laboral; y la naturaleza pasa la cuenta del largo debe que, en su saldo rojo, acumula el capitalismo en su breve historia como sistema dominante.

  Claro, falta lo que digan las mujeres que luchan, loas otroas de abajo (para quienes, en lugar del glamur de los closets entreabiertos de arriba, hay desprecio, persecución y muerte), quienes pernoctan en las colonias populares y se pasan el día trabajando en la ciudad del capital, l@s migrantes que recuerdan que ese muro no estuvo ahí desde el principio de los tiempos, los familiares de desaparecid@s, asesinad@s y encarcelad@s que no olvidan ni perdonan, las comunidades rurales que descubren que fueron engañadas, las identidades que se descubren diferentes y suplen la vergüenza por el orgullo, y todas, todos, todoasl@s desechables que entienden que el destino no tiene que ser el de la esclavitud, el olvido o la muerte mortal.

  Porque otra crisis, que pasa desapercibida, es la emergencia y proliferación de rebeldías, de núcleos humanos organizados que desafían no sólo al Poder, también a su lógica perversa e inhumana.  Diversa en su identidad, es decir, en su historia, esta irrupción aparece como una anomalía del sistema.  Esta crisis no cuenta para las leyes de probabilidad.  Sus posibilidades de mantenerse y profundizarse son mínimas, casi imposibles.  Por eso no cuentan en la cuenta de arriba.

  De las rebeldías, para la máquina, no hay que preocuparse.  Son pocos, pocas y pocoas, si acaso lleguen a 300.

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  Es seguro que esta visión del mundo, la nuestra, esté incompleta y que, con alto grado de probabilidad, sea errónea.  Pero así es como vemos el sistema a nivel mundial.  Y de esta valoración se sigue lo que miramos y valoramos en los niveles continental, nacional, regional y local.

(Continuará…)

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