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El Estado, el Chapito y el Presupuesto

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El Estado, el Chapito y el Presupuesto

El Estado, el Chapito y el Presupuesto

Por: Rafael Castañeda Pineda

El Estado no ha existido siempre. Este nació junto con la propiedad privada y junto con la existencia de clases sociales opuestas entre sí. Es así como a través de la historia, esclavos y amos, siervos y señores feudales, proletarios y burgueses se han enfrentado en diversos momentos y etapas de la humanidad. Al final todo se reduce a una pugna entre desposeídos y poseedores, y gracias a este enfrentamiento que se da en todas las esferas de la sociedad, en el terreno económico, político e ideológico la historia ha tenido movimiento y cambios.

El origen del Estado se debe a que la sociedad se encuentra sumida en una contradicción insalvable de la cual es incapaz de resolver por sí misma. Con el objetivo de que esta contradicción, protagonizada por clases sociales en lucha permanente, no termine por consumir a la sociedad en una lucha estéril e infructuosa en donde las clases sociales en pugna se devoren a sí mismas, se necesita de un poder, una superestructura situada aparentemente por encima de la sociedad misma cuya tarea fundamental es la de amortiguar la lucha entre las clases sociales.

No es el Estado el instrumento para conciliar a las clases sociales en pugna. No es un instrumento para que explotadores y explotados vivan en armonía. No es el gobierno para ricos y pobres como se dice ahora. El Estado es en realidad un órgano de dominación de clase. Es un instrumento de la clase social dominante para salvaguardar sus intereses y oprimir a la clase contraria. Carlos Marx le llama al Estado la creación del supuesto orden que legaliza y afianza la opresión, amortiguando los choques entre las clases. Ese llamado amortiguamiento, cabe señalar que no se trata de un acuerdo entre las partes en pleito, sino se trata precisamente de privar a las clases oprimidas, a los de abajo, a los trabajadores de ciertos medios y procedimientos de lucha que tienen, que se han construido a través del tiempo, con el fin de derrocar o enfrentar a los de arriba y a los opresores. Llámese sindicato o partido político.

Es por eso que, en el neoliberalismo, el cual es un modelo económico del sistema capitalista, se ha recrudecido el ataque a los instrumentos de lucha de los trabajadores y el pueblo. Por un lado, el sindicato, herramienta de lucha gremial y económica de los trabajadores para defenderse ante la voracidad sin límites del patrón, y, por otro lado, la falta de una expresión ideológica y política que represente los intereses y las proclamas de los desposeídos de este país en el proceso electoral. Sobra decir que, a la fecha, no participa en el proceso electoral la voz de los proletarios, ni su ideología histórica, la que corresponde a las ideas del cambio social, al socialismo. Es más, ni siquiera el anticapitalismo, o alguna posición contraria al sistema imperante le es permitido participar.

Creemos que, así como los trabajadores, el pueblo y el campo democrático hemos luchado por la defensa del sindicalismo, y espacios de lucha gremiales, y cuyo objetivo es en muchas ocasiones una lucha económica, es tiempo y momento para pelear por el espacio que le corresponde a la ideología de los trabajadores, de los contrarios del capital, de los luchadores por el socialismo. No se puede hablar de cambio democrático ni de pluralidad si en las elecciones de este país solo participan partidos y contendientes que, por más diferencias que se atañen, no plantean una posición contraria al sistema económico, político y social imperante. En las cuestiones electorales de los últimos años, los comunistas y los anticapitalistas hemos estado fuera de la contienda. A excepción de la campaña por obtener las firmas necesarias para que una mujer indígena anticapitalista pudiera contender a la presidencia de la república en el 2018. Campaña exitosa, por cierto, que permitió que en la mesa de debates el anticapitalismo figurara. Digno de otro análisis merece las razones por las cuales no se apareció en la boleta electoral

En las elecciones del año de 1979, el histórico Partido Comunista Mexicano participó con registro electoral, después de una lucha que costó la vida de muchos mexicanos, incluyendo de gente que no era comunista, pero si libertaria y demócrata. No fue un esfuerzo solo de los militantes del PCM, como lo dije antes, el grupo del Partido del Pueblo Mexicano, integrado en su mayoría por los expulsados del PPS del traidor de Chuchank, hicieron posible este triunfo histórico de la izquierda mexicana. Después se formó el PSUM, que fue un esfuerzo sin precedente de unidad de los revolucionarios mexicanos. Y ese registro electoral ganado con la sangre y el esfuerzo de muchos hombres y mujeres que buscaban cambiar una sociedad de miseria y de desesperanza fue regalado a un partido de pequeños burgueses que fueron demeritándose, corrompiendo y desfigurándose cada vez más conforme pasaban los años. Hoy ese registro corre el riesgo de terminar con una bola de aventureros y arribistas que representan la ideología de sus necesidades personales y familiares.

Por eso es importante que en el campo de abajo y a la izquierda pensemos y discutamos en colectivo diversas cuestiones referentes a la vía electoral. Partiendo del análisis objetivo de la realidad, debemos discutir las diferencias entre el momento actual y el 2012 o el 2006. Reflexionar sobre la subjetividad que existe hoy en nuestro pueblo, su necesidad y decisión de cambiar las cosas o no. Analizar si hay espacio o no en la lucha electoral, para quienes no somos políticos profesionales ni paleros del sistema actual.

No se trata de discutir si reforma o revolución. Tampoco se trata de elegir entre lucha armada o electoral. De lo que se trata es de pensar y discutir en colectivo las vías y caminos para cumplir nuestros objetivos. Y ese objetivo principal, para muchos de nosotros, es en estos momentos la supervivencia. Luchar por la vida. Y para los de abajo y a la izquierda esa lucha por la vida es el derrotar al capitalismo.

Quienes no hemos renunciado a ninguna forma y vía de lucha para lograr los objetivos de transformacional social, debemos tener claro que es necesario dicho debate.

Y que quede bien claro. No estamos pensando en el parlamento, en los palacios, en los cabildos. Estamos pensando en cómo organizarnos mejor. En la necesidad de pensar en colectivo y debatir ideas, en discutir una línea táctica y estratégica que nos lleve a la salvación.

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Hoy tenemos un presidente que algunos, principalmente sus seguidores y correligionarios sitúan por encima del propio Estado. Si ya algunos equivocados y desconocedores de la ciencia de la historia sitúan al Estado por encima de la sociedad. Situar al presidente por encima de Estado no solamente se nos hace una exageración, sino un desfiguro. 

Hoy entendemos que existe un Estado, pero lejos está de ser aquel Estado nacional que conocimos hace muchos años. Hoy existe un Estado que representa precisamente los intereses y objetivos de una oligarquía transnacional financiera y especuladora, que domina al mundo. Cierto es que algunos burgueses que viajan con pasaporte mexicano forman parte de esa oligarquía transnacional, pero lejos están de ser aquella burguesía mexicana. Sin existir el Estado nacional, el presidente de la república no es ya el máximo siervo de este Estado. Al menos que el presidente actual se autodenomine el representante de una clase social inexistente y fantasmagórica como lo es la burguesía mexicana. La interrogante es a quien representa el presidente de la república. A ese Estado fantasma o al Estado transnacional. A la extinta burguesía mexicana, que tenía identidad, empresas, partido político, planes y proyectos, e incluso en momento fue antiimperialista; o representa a la burguesía transnacional que no llega al uno por ciento de la población, pero es propietaria de la riqueza del mundo

¿Entonces quién manda realmente en México?

Recientemente el debate en la prensa nacional, televisión, redes sociales y en las calles y centros de trabajo de nuestro país es entre si fue correcto o no la decisión del presidente Lopez Obrador de soltar a un presunto narcotraficante quien a su vez es hijo del famoso Chapo Guzmán. El presidente afirmó que estuvo de acuerdo en la decisión que tomó su gabinete de seguridad de soltar a Ovidio Guzmán. Podemos discutir hasta el cansancio si esa táctica o determinación es correcta o no. Podemos poner en tela de juicio el actuar del presidente actual o vanagloriarnos por su decisión de salvar las vidas de otros seres humanos. Pero el cuestionamiento principal que nos hacemos nosotros es si en realidad fue una determinación de López Obrador.  O si fue una determinación de los monopolios globales que dominan el mundo a través de su Estado conformado para salvaguardar el “orden”, cuidar sus intereses e incrementar sus ganancias. El negocio del narcotráfico, no es un negocio al margen del sistema. Quien puede creer que, en medio de este avasallamiento sin precedente en la historia, de los monopolios globales contra la naturaleza, el ser humano y el planeta en su conjunto, haya un negocio tan redituable que se les escape de las manos. No, el narcotráfico y toda la gama de actividades llamadas delincuenciales; la minería y el despojo de nuestro territorio, no es casual que grupos de paramilitares vinculados al narcotráfico ya operan también como guardias blancas de las empresas mineras; los llamados megaproyectos para despojar territorio y recursos naturales que se impulsan principalmente en el sur del país, llámese Corredor Transístmico, Proyecto Integral Morelos y/o Tren Maya; los planes de gobierno en el campo que el lugar de sembrar vida siembran muerte; todo ello, son tareas, objetivos y proyectos de los dueños del mundo.

Mientras tanto en la Cámara de Diputados se comienza a preparar la Ley de Ingresos y el Presupuesto de Egresos para el 2020. Es decir, la política económica del gobierno. Y se vislumbra que no tendrá ninguna variación considerable a la de los sexenios anteriores sino una vez más será continuación de un proyecto transexenal llamado neoliberalismo. Y nosotros nos preguntamos entonces, ¿Quién manda en el presupuesto? ¿Qué acaso el neoliberalismo no ha matado de hambre, enfermedad y desesperanza a millones de mexicanos? ¿Qué no nos ha despojado de nuestro territorio y de nuestros recursos naturales? ¿Qué no ha destruido la naturaleza, envenenando nuestro aire, suelo y agua? ¿Qué no nos ha convertido en una sociedad putrefacta? Si el presidente manda en este país por encima del Estado transnacional habría que cambiar la política económica neoliberal, plasmada en el presupuesto de egresos, para salvar vidas, muchas más vidas, que las que se salvaron al haber soltado al llamado Chapito.

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