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Antes de la pandemia y otras reflexiones sobre el Capitalismo.

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La gente viaja en Metro, en la Ciudad de México.(Rogel Blanquet / Getty Images) La gente viaja en Metro, en la Ciudad de México.(Rogel Blanquet / Getty Images)

La historia se ha caracterizado por tener entre sus líneas múltiples interpretaciones, pero muchas veces es escrita y compartida desde la visión de los vencedores y no de los vencidos.

“Toda la historia de la sociedad humana, hasta la actualidad, es una historia de luchas de clases… Libres y esclavos, patricios y plebeyos, barones y siervos de la gleba, maestros y oficiales; en una palabra, opresores y oprimidos, frente a frente siempre, empeñados en una lucha ininterrumpida, velada unas veces, y otras franca y abierta, en una lucha que conduce en cada etapa a la transformación revolucionaria de todo el régimen social o al exterminio de ambas clases beligerantes”[1].

Bajo ese contexto han trascurrido miles de años de la historia de la humanidad; por ejemplo, mientras se gestaba la civilización en la comunidad primitiva, uno de los principales indicios del ser humano, más que el instinto de sobrevivencia, era la necesidad de jugarse la vida en colectividad.

Sin embargo, el desarrollo y evolución de este grupo de individuos que convivían bajo una propiedad común, explotando la naturaleza desde el objeto de sus capacidades y necesidades, tendría que tener un punto de quiebre, mismo que en la historia, aparentemente no daría ni un paso atrás, justamente nos referimos al surgimiento de la propiedad privada, que permitiría desvalorizar en todo sentido, la concepción de la vida tal como se conocía hasta esos años.

El individuo sería analizado entonces desde la concepción de sus sentimientos morales, acarreados de la chispa de la mano invisible, del egoísmo, la ambición y la ausencia de solidaridad y empatía; características que más tarde definirían a una clase en particular, aquella que había terminado por destrozar a las monarquías como se conocían en la edad media, absolutas, omnipotentes y religiosas.

Esa clase, que logró esconderse entre la Toma de Bastilla en París, misma que se vio fortalecida en sus inicios con la Revolución Industrial en Inglaterra, aquella que aglomeró a miles de artesanos para desposeerlos de lo único con lo que contaban, su fuerza de trabajo, formando monstruos industriales de mercancías producidas en masa, fomentando la anarquía de la producción; esa clase que obtuvo su capital originario de las sangrientas matanzas de la conquista, extrayendo metales preciosos de las reprimidas colonias de América y África. Justamente esa época donde aún el despótico tributario y el sistema de producción feudal prevalecían, donde los procesos pre-capitalistas comenzaban a desarrollar las fuerzas productivas, donde se acrecentaba la explotación del hombre por el hombre y donde nacía y crecía esa clase llamada burguesía.

Por otro lado, el desposeído, olvidado, reprimido, la otra cara de la moneda, el antagónico, contrario, el otro; aquel que fue privado de los medios de producción, aquel que día y noche se convertía en un esclavo del consumo, del patrón, de la falsa democracia, del hambre. Aquel ser humano que iba acomodándose siempre en el mejor lugar de la opresión, la mejor vista hacia el cielo, desde abajo, en el primer eslabón que sostenía la pirámide de los lujos y los deseos de lo material, aquel que con su fuerza de trabajo generaba valor en las mercancías, el mismo que creaba medios de producción, de los cuales no disponía; ese, ése era el proletariado, esa clase que se fue forjando en el esclavo, el peón y el vasallo.

El proletariado, la clase que históricamente ha luchado contra el opresor, que genera la mayor parte de la riqueza del mundo, y que en sus manos lleva la transformación de la naturaleza y de la humanidad, es justo él, quién ha tenido, tiene y tendrá la responsabilidad infinita de contribuir a la metamorfosis del mundo tal como lo conocemos en la actualidad.

Sin embargo, estas clases antagónicas se desarrollaban dentro de un sistema de producción, analizado por filósofos e historiadores, economistas y sociólogos, abogados y matemáticos, entre otros. Sistema que como su nombre lo dice se compone de estructuras y entornos, analizados dialécticamente en estructura y súper estructura, definiendo por un lado las relaciones sociales de producción (lucha de contrarios) cambiantes en el tiempo, y por el otro, el entorno que se transforma con el rompimiento de la estructura, por ejemplo: los poderes fácticos, las leyes, la religión, la ideología, la moral, la política, etc.

En ese sentido, Karl Marx en muchos de sus escritos, fue tejiendo y desarrollando una concepción diferente de la historia, retomando de Hegel y de su idealismo, el método y transformándolo, utilizando de Adam Smith y David Ricardo sus bases económicas sobre el valor y por supuesto trascendiendo en la filosofía con obras, tales como la Ideología Alemana y la Miseria de la Filosofía, así como el enaltecer revolucionario en la Sagrada Familia, el Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte y el Manifiesto del Partido Comunista. Sin embargo, es en El Capital, donde pudo desarrollar las principales leyes y expresiones del sistema de producción capitalista, fue ahí donde desarrolló profundamente, la ley de acumulación capitalista, la concepción de la plusvalía, la ley del valor, el papel del dinero y sin duda la reproducción del capital; junto con Engels construyó las bases sólidas del análisis del materialismo histórico, mismo que nos permite a la fecha entender el transcurrir de la historia.

El Capitalismo se ha mostrado con distintas caretas a conveniencia siempre de la clase poseedora de los medios de producción, se ha presentado como el motor del desarrollo de la civilización, del crecimiento tecnológico, de la productividad, de las formaciones de los estados nacionales y multinacionales, del incremento de la calidad de vida de la población y como el benefactor del pueblo, del ciudadano, de la república, del parlamento y de la democracia; sí, así se ha mostrado. Sin embargo, sabemos que es todo lo contrario. El Capitalismo es el sistema económico más mortífero que haya existido, el que ha convertido la tierra, los mares, los ríos, los bosques y las selvas en una agónica y lenta destrucción, en una extinción del mundo y sin duda de la humanidad.

Este sistema ha tratado de desacreditar en todo momento y espacio, las grandes hazañas realizadas por mujeres y hombres, por individuos y masas, por organizaciones y comunidades, por pueblos y países enteros, a través de múltiples herramientas, como por ejemplo: intervenciones en países extranjeros, creación de organismos internacionales de supuesta cooperación, Estados benefactores con propuestas Keynesianas, más que socialdemócratas, una cara dulce de un capitalismo rapas y asesino, ha subyugado a más de la mitad de los estados-nación del mundo, por medio de rescates financieros provenientes de fondos y bancos internacionales, mismos que han endeudado a el mundo entero, con el único objetivo de controlarlo.

Y qué decir de las grandes corporaciones, que han absorbido las cadenas de valor de múltiples sectores de la economía, que aprovechan la mano de obra barata, extrayendo la mayor cantidad de plusvalía por medio de salarios de miseria, donde los costos de producción se han reducido y los precios al consumidor final aumentado. Estas compañías que aprovechan las alianzas con el sistema financiero internacional y qué a través de las bolsas bursátiles del mundo, financian utopías especulativas.

En la historia hemos visto pasar múltiples acontecimientos que se repiten una y otra vez ante nuestros ojos, crisis, enfermedades, pandemias, guerras e invasiones, muchos de estos acontecimientos, son la base sólida que permite al Capitalismo coexistir con la naturaleza, son partes inherentes del sistema, muchos provocados por el mismo y otros aprovechados para conceptualizar nuevas formas híbridas de política y economía. Justamente, es donde Marx nos advertía de la presencia de una farsa en cada evento histórico, mismo que devenía de una tragedia en su primera aparición.

Al igual que Marx, muchos otros pensadores, filósofos e ideólogos, han luchado infinitamente por dejar de interpretar el mundo y se han dedicado a transformarlo, personajes como Lenin en el octubre rojo de 1917 en Rusia, Ho Chi Minh en 1945 en la Revolución Vietnamita, Mao Tse Tung en la instauración de República Popular de China en 1949, Fidel Castro y Ernesto Che Guevara en el triunfo de la Revolución Cubana en 1959, por mencionar algunos. He ahí nuestro legado y sin duda parte de las condiciones objetivas de la revolución proletaria en el mundo.

Por otro lado, en los últimos 50 años hemos visto una nueva faceta del Capitalismo, derivada propiamente de la caída del mal llamado Estado de bienestar, dicha faceta ha centrado la atención en una segunda ola de liberalismo económico, nuevas formas de apertura comercial, tratados de comercio internacional entre bloques económicos, flexibilización laboral, privatización de los sistemas de pensiones, de la salud, de áreas estratégicas como la energía y las telecomunicaciones, de bancas nacionales, de los transportes y sobre todo la privatización de nuestra libertad y conciencia.

Este nuevo Capitalismo que en esencia sigue siendo el mismo que recorría Europa en el siglo XVII, aunque más agresivo, cínico y despreocupado de la naturaleza y la vida humana, ha sido liderado por políticas Monetaristas, Hayekianas y una nueva gama de recomendaciones para países de la periferia, subdesarrollados, tercermundistas, emergentes o cualquiera que sea su adjetivo, dichas recomendaciones plasmadas en el Consenso de Washington, en las letras pequeñas y anexos de los acuerdos internacionales como el TLCAN ahora T-MEC, manifestándose también, en la neocolonización de los territorios, de los sistemas financieros nacionales, del consumo, y todo, absolutamente todo, basado en la propiedad privada como en un principio, pero ahora controlado por medios de comunicación, redes sociales, marcas, corporativos, monopolios disfrazados de competencia perfecta y principalmente por el caos y el miedo.

Esa era nuestra normalidad en el mundo, antes de la pandemia del COVID–19, una normalidad con más de mil millones de pobres en el planeta, una normalidad con un sistema de salud con escasa infraestructura, derivada de la necesidad de mantener bajos costes de producción, para hacer más eficiente la empresa, más eficiente la agonía, más eficiente el despojo. Una normalidad que engendró muerte, hambre y miseria, aquella que junto con la globalización, en lugar de exportar el bien común y la colectividad, importaba individualismo y egoísmo, exportaba xenofobia y pobreza, y que en su balance, siempre se encontraba una amnesia de memoria histórica y un cúmulo de apatía.

Por tal razón, la pregunta sería: ¿Estamos listos para aprovechar esta nueva oportunidad, que traerá consigo el final de esta pandemia y no nos referimos al COVID-19, sino al Capitalismo?

Finalmente, Karl Marx nos expresaría en el siglo XIX lo siguiente:

“No puedo realizar en la calma lo que se impone a mi alma y, huyendo de las comodidades y el reposo, me precipito siempre al combate. Querría conquistar todo lo que otorgan los dioses, explorar intrépidamente el dominio de las ciencias, afirmar mi maestría en la poesía y en el arte. Hay que atreverse a emprenderlo todo, sin tregua ni descanso, huir de la apatía que nos aparta de la voluntad y de la acción, no refugiarse en estériles meditaciones y no doblegarse virilmente bajo el yugo, pues siempre nos quedarán el deseo y la esperanza que nos llevan a la acción.”

Por Edgar Dávalos 



[1] Fragmento tomado del Manifiesto de Partido Comunista de K. Marx y F. Engels, Londres, 1848

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