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De valientes están llenos los panteones.

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De valientes están llenos los panteones.

Por Edgar Villafuentes / Célula Sergio Almaguer

Las modernas pandemias, con consecuencias aterradoras, no están en los titulares de la prensa mundial: los conflictos armados, la violencia narcoterrorista, los escandalo sexuales. Ahora hay que preocuparnos por volver a la normalidad de las violencias estructurales pero con un nuevo disfraz, agregando  cubrebocas y sin barba ni relojes. Empezar a resurgir y que las nuevas lacras se instalen con poder sobre nuestro individualismo. Negativo, no hay nada nuevo bajo el sol. 

Misma miseria con nuevo nombre: la nueva normalidad de una crisis de magnitudes globales; retornar  a la precariedad absoluta de todo lo que es público y a la fragilidad de todo lo que es personal, vivir al día y morir cada noche por poder llegar a fin de mes. Siempre hemos vivido en la normalidad de las dificultades, de la pseudocultura del consumo que nunca se detiene y que junto a la cultura de la muerte siempre rebasan los números de la cultura de la vida.

La segunda década del siglo XXI inicio y acabo con dos pandemias, la del AH1N1 y el actual COVID-19, en esa década, en México, se registraron más de doscientos mil asesinatos, la normalidad de un asesinato violento cada 23 minutos. Infectados a muerte fría. México es epicentro de escenarios de terror.

La normalidad preocupante de una pandemia en este país en que abunda de otras formas, la pandemia del hambre, de la guerra, la pandémica violencia contra las mujeres, la pandemia económica que devora y contamina el medio ambiente; se avecinan nuevas crisis y seguramente no estaremos preparados. Volverán las grandes historias de progreso.

La normalidad, mil veces anunciada, de la destrucción de la selva maya por un tren.

La normalidad del despojo de territorio a comunidades indígenas, de la desaparición y asesinato de líderes sociales.

La normalidad de violadores y neonazis, de caníbales y politiqueros, de pornógrafos infantiles.

La normalidad del ejército patrullando las calles.

La normalidad añeja de fabricar electricidad sucia y cara. 

La normalidad tercermundista, clasista, racista, sexista, capacitista y peligrosa.

Está es la nueva normalidad que nos espera, la de un mundo al que no le importa si vives o mueres mientras sigas produciendo, un mundo implacable lleno de plusvalía y vanidad. 

Pero me reúso a creer que todo está perdido y en este espectáculo, para los de abajo, es necesario rebelarse con optimismo, recuperar la confianza de que es posible realizar el bien común y que es posible el respeto por todo tipo de vida; es una buena oportunidad para mostrar nuestros mejores atributos para trazarle un mejor camino a esta década de la pandemia y así, ojalá, algún día nos infecte el virus de la solidaridad.

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