Menu

Asalto al Cuartel Madera, presente en nuestra memoria.

  • Escrito por 
Asalto al Cuartel Madera, presente en nuestra memoria.

¡Ríndanse! … ¡Están rodeados! *

Frente a los acontecimientos la primera opción es esperar un tiempo pero al cabo de dos días Arturo toma la determinación de modificar el plan y como quiera ejecutar el asalto. Se trata apenas de 13 elementos con un armamento inadecuado, al grado que las pistolas que portan están en mejor condiciones que los rifles, entre éstos una escopeta calibre 16 de un solo tiro que ni para cacería resultaba útil.

En estas condiciones nuevamente Pablo retoma el planteamiento de suspender el ataque, precisa que a falta de información sobre los últimos movimientos del Ejército y de contacto con los grupos de la red urbana hay que sumarle la carencia de un armamento adecuado; para abundar el doctor recuerda que para ese día ya debían haber encontrado el taxi robado y al chofer que con toda seguridad habría proporcionado información a la policía, además de que no sabían qué había pasado con los hermanos Gaytán y que por tanto cabía la posibilidad de que los hubieran descubierto y obligado a hablar.

Pero en esta ocasión ya no hay quien lo respalde, frente a la firme determinación de Arturo por ejecutar el ataque el resto del grupo está de acuerdo en llevar a cabo la acción a toda costa, de paso nuevamente Arturo le recrimina al doctor su falta de valor. Por el contrario, el joven dirigente argumenta que suspender el ataque resultaría peor ahora, sobre todo si ya habían agarrado a sus compañeros, afirma que eso los ubica en una posición aún más vulnerable porque los obliga a pasar de la ofensiva a la defensiva y que para ello de veras no están preparados, por tanto concluye, es necesario lanzar el ataque y esperar el apoyo de sus bases; considera además que suspender la acción los dejaría sin voz frente al pueblo.

Arturo está confiado en la información que le ha proporcionado el capitán Cárdenas Barajas, pero sobre todo en el factor sorpresa; sabe que carecen de armas adecuadas y está consciente de su inferioridad numérica, pese a todo asegura que “un guerrillero vale por diez soldados”, con lo que Pablo está de acuerdo pero siempre y cuando, advierte, esos guerrilleros estén bien armados, entrenados y preparados; le hace ver a Arturo que llevan varios días de mal dormir y peor comer, que no tienen las armas adecuadas y que todavía no habían logrado contactar con el resto del otro grupo, por tanto considera que realizar el ataque es un suicidio.

Por último, la opción que Pablo propone es realizar el ataque en función de una escaramuza desde una distancia más o menos prudente que les permita en los primeros disparos identificar la capacidad de fuego por parte del Ejército; entonces de acuerdo con la reacción decidir la toma o no del cuartel, pero dejando abierta la posibilidad de salir en retirada frente a la probable superioridad del enemigo. Por principio Arturo está de acuerdo pero ratifica la intención de incendiar la llamada casa redonda, pero advierte que eso no podrán lograrlo desde una “distancia prudente”; finalmente se modifica el plan y Arturo improvisa la distribución de la gente y los puntos desde donde cada cual lanzará el ataque; ahí se decide pegar el día 23 de septiembre antes del amanecer.

La mañana del 20 de septiembre los 13 guerrilleros salen a pié con rumbo al pueblo de Cocomórachic, desde ese lugar el día 22 en la tarde toman la carretera y en el camino detienen un camión de redilas que conduce un lugareño de nombre José Cristóbal Lozano García –que resulta ser un viejo conocido de Ramón Mendoza- y lo obligan a llevarlos a Madera. Todavía harán una última parada en La Boquilla, seis kilómetros antes de Madera, lugar al que llegan bordeando el Presón de Golondrinas.

Concentrados en La Boquilla Arturo pide que Oscar Sandoval y Matías Fernández realicen un recorrido por Madera para verificar las condiciones del ataque; a su regreso informan que probablemente se trate de más de cien soldados y que además se están realizando patrullajes por todo el poblado; ante esto Matías es ahora quien propone de nuevo esperar a Salvador y Antonio para contar con las armas de alto poder que ellos cargan o de plano regresar a Ariseachic y buscarlos en la sierra, lo que no considera tan complicado; propuesta con la que coincide Pablo Gómez, pero frente a todo argumento para Arturo la decisión ya está tomada y se niega a esperar, el resto del grupo está de acuerdo con él.

En el último momento Arturo decide que Pablo Gómez no participe en el asalto y le pide que se quede a cuidar el camión y al chofer, así como la antena de radio, a lo que enérgicamente aquel se niega un tanto para demostrarle al dirigente que no tiene miedo de participar en la acción armada, por el contrario le cambia a Matías el rifle que portaba por la maltrecha escopeta argumentando que éste es mejor tirador que él.

Hacia la madrugada del día 23 Arturo improvisa la distribución de los elementos en distintos grupos asignándoles a cada uno la posición desde donde se lanzaría la acción; distribuye a la gente en cuatro grupos en un semicírculo o media luna y hace la repartición del raquítico armamento, mismo que se había complementado con algunas granadas obtenidas de la pasada emboscada al Ejército, más explosivos de fabricación casera como las famosas bombas molotov a base de gasolina, además de cartuchos de dinamita introducidos en tubos de níquel. Previamente habían intentado trozar los alambres de las líneas telefónicas del pueblo, lo que no lograron por carecer de las herramientas adecuadas, además de la prisa con la que estaban realizando cada paso. Por último Arturo le pide a Ramón Mendoza que a la hora indicada realice el primer tiro hacia el foco de la entrada del cuartel, con lo que dejaría en tinieblas a los soldados y lo que además serviría como señal para iniciar el ataque.

 “El Plan era este: el primer grupo éramos cuatro que teníamos que pegar al lado norte del cuartel, Salomón, Arturo, Oscar y yo, el segundo al este del cuartel, éstos eran los compañeros Pablo Gómez, Emilio Gámiz y Toño Scobell, teniendo de parapeto entre la escuela y la iglesia, el tercer punto de ataque lo formaba Luis [Francisco Ornelas Gómez], que actuaba en la casa de Pacheco, al lado sur del cuartel y el cuarto grupo eran Guadalupe Scobell, Rafael Martínez, Hugo Hernández [Florencio Lugo Hernández] y Miguel Quiñones que actuaban al oeste y por último, Matías Fernández, en la antena del radio […] la misión del primer grupo era asegurar los primeros tiros y [si] se defendían tirarles a dar a todos y tirar granadas de mano hasta que se rindieran. La misión del segundo grupo era quemar el cuartel grande y asegurar cuanto soldado fueran viendo hasta que se rindieran. La misión de Luis era que si podía se metiera adentro de la casa de Pacheco y que si estaba ahí que lo ajusticiara. La misión del cuarto grupo, era tirar al cuartel de la casa redonda y uno o dos [de ellos] cuidar la retaguardia […] Matías Fernández tenía la misión de cuidar al chofer en la antena de radio […] Si triunfábamos, íbamos a ir por él para pasarnos al pueblo a pegarle a la mercantil y al banco y a repartir la provisión […]” (20).

De acuerdo con otra versión, la de Florencio Lugo, la distribución de la gente para el asalto al cuartel militar se organiza de la siguiente forma:

Cuatro en la Casa Redonda: Florencio Lugo, Guadalupe Escobel, Rafael Martínez Valdivia y Oscar Sandoval; cuatro más entre la iglesia y la escuela: Pablo Gómez, Antonio Escobel, Miguel Quiñones y Emilio Gámiz; Francisco Ornelas en la casa de los Pacheco; y los últimos tres en el terraplén de las vías del ferrocarril: Arturo Gámiz, Salvador Gaytán y Ramón Mendoza. Matías Fernández se quedaría para cuidar el camión, al chofer y la antena de radio, mismo lugar fijado como punto de reunión en caso de que la acción fracasara.

Como quiera que sea, el día 23 de septiembre de 1965 cuando el reloj marcaba las 5:45 de la mañana Ramón realiza el primer disparo tal y como se había acordado, seguido de éste el resto del grupo hace fuego hacia los soldados que se preparaban a esa hora para recibir el llamado rancho o desayuno; cayeron los primeros soldados que estaban afuera mientras los que estaban dentro del cuartel se vieron en un principio impedidos de contestar la agresión debido a lo nutrido del fuego de los guerrilleros, quienes por unos minutos lograron controlar la situación gritándoles a los soldados: ¡Ríndanse!... ¡Están rodeados!

Pasada la sorpresa los soldados pudieron rápidamente organizarse y empezaron a contestar el fuego. De pronto las condiciones cambiaron y ahora eran los guerrilleros quienes recibían lo más nutrido del tiroteo, lo cual se facilitó dado que en el preciso momento en que se iniciaba el ataque una locomotora que inexplicablemente se encontraba a esa hora sobre la vía encendió su faro iluminando de lleno a los atacantes y poniéndolos al descubierto, resultando fácil blanco de los soldados. Pablo había descargado su escopeta y cuando intentaba recargarla nuevamente es abatido por las balas de los soldados, entre sus ropas se le encontraría horas después una bandera blanca que rezaba ¡Viva la Libertad!

Lejos de describir los detalles del ataque baste considerar que cuando menos lo pensaron una columna de más de 50 soldados que provenían del poblado a través de la rivera de la laguna inició el contraataque por la retaguardia de los guerrilleros, los que de inmediato se vieron rodeados entre dos fuegos. La amplia planicie que se abría desde el cuartel hasta las faldas de la sierra, la iluminación del tren y el sorpresivo ataque de los soldados desde la laguna cerró casi por completo las posibilidades de emprender la retirada. Entre los disparos se oía una voz que gritaba ¡retirada!, pero ya no había escapatoria; no se trataba de un destacamento de treinta soldados, como era común, era una columna 125 soldados traídos desde Ciudad Juárez con el pretexto de apoyar las maniobras de asistencia social en las comunidades de la zona.

A partir de ese momento el combate se volvió un caos y uno a uno la mayoría de los atacantes fueron cayendo ante las balas del Ejército; la ironía del destino quiso que Arturo no muriera bajo el fuego del enemigo, sino que en el momento del contraataque Salomón Gaytán intentó lanzar un tubo de dinamita que le explotó entre las manos destruyéndole la cabeza a Arturo, quien se encontraba a unos pasos adelante de aquel. El tiroteo se prolongaría todavía por un lapso de más de dos horas; solo Florencio Lugo que milagrosamente estaba herido en un costado, Francisco Ornelas y Ramón Mendoza que disparaban cubriéndose en retirada, así como Guadalupe Escobel, que huía como Dios le daba a entender, serían los únicos que lograrían sobrevivir a la osadía.

De esta forma en el ataque perdieron la vida ocho miembros del grupo guerrillero. Sus dos principales dirigentes: Arturo Gámiz García (25 años) y Pablo Gómez Ramírez (39 años); el hermano de Arturo, Emilio (20 años); Salomón Gaytán Aguirre (22 años), Rafael Martínez Valdivia (20 años), Miguel Quiñones Pedroza (22 años), Oscar Sandoval Salinas (19 años) y el más joven de todos, Antonio Escóbel Gaytán (17 años).

* Tomado del libro AMARGO LUGAR SIN NOMBRE. Crónica del movimiento armado socialista en México (1960-1990). Hugo Esteve Díaz, Taller Editorial La Casa del Mago, 2013.

volver arriba