Menu

Sergio Almaguer Cosío. Notas con motivo de su muerte

  • Escrito por 
Sergio Almaguer Cosío. Notas con motivo de su muerte

A continuación presentamos el siguiente artículo escrito por el compañero Julio Matos en el 2006, un par de días después de la muerte de quien fuera el Secretario General del Partido de los Comunistas, Sergio Almaguer Cosío. Hoy 13 de julio, día del nacimiento de Sergio, reproducimos estas hermosas palabras que escribiera su amigo toda la vida, su querido Julio.

 

Sergio Almaguer Cosío. Notas con motivo de su muerte

Por: Julio Matos 

 

Qué cortos se vuelven 40 años de amistad  cuando se siente la ausencia del amigo entrañable que acaba de marcharse a un sitio inaccesible para nosotros y, además, nos percatamos de que nunca más (Esa frase que pesa más que cualquier mole rocosa) volveremos a vernos. Nunca más tendremos la oportunidad de reunirnos a platicar. No habrá nueva ocasión para escuchar su siempre amena y orientadora voz.

Pero, paradójicamente, ¡Qué largos son los recuerdos de las vivencias experimentadas juntos, los ejemplos aprendidos de su conducta, las enseñanzas recibidas de su batallar de todos los días, las aventuras que corrimos múltiples ocasiones en el transcurso de estos últimos cuarenta años que tuvimos la posibilidad de  coincidir con Sergio Almaguer!

         Este 25 de octubre, un camarada común, Fernando Cáceres Cintra, me informó telefónicamente, en ese estilo directo, sin preámbulos, que lo ha caracterizado siempre, quizá por ser originario del norteño estado de Tamaulipas: “Boxo, te hablo para darte  una pésima noticia: Sergio Almaguer murió hoy por la mañana, durmiendo, en Guaymas, de un infarto al miocardio”

         Después de este lacónico mensaje inicial, Fernando agregó datos acerca de las circunstancias que conocía en ese momento de cómo había ocurrido la dolorosa noticia. El impacto de lo escuchado me impidió comprender lo que Cáceres, también notoriamente impresionado me continuaba diciendo a través del aparato telefónico.

         Sabíamos que desde hace años Sergio había sido diagnosticado de alguna afección cardiaca, pero nunca volvió a comentarnos nada negativo de su padecimiento. Por el contrario, se ufanaba de que, a pesar de sus excesos ocasionales en el comer y beber, se había auto impuesto una disciplina alimenticia y de ejercicios físicos, que le permitía “estar bien”.

  Sergio recorría (en los días cercanos a su empeño por dejarnos solos) el noroeste del país acompañando las actividades de “LA OTRA CAMPAÑA”.  Decía, la última vez que hablé con él, vía telefónica durante una escala en Guadalajara, aproximadamente dos semanas antes de la que fue su última noche de existencia: “Julio, estoy en Guadalajara, en un lugar que tenemos que visitar juntos”. Estaba en ese momento en el bar “La Fuente”, sitio que había conocido a sugerencia mía y que goza de fama por tener como clientes frecuentes a músicos integrantes de la Orquesta Sinfónica de Guadalajara y de la Escuela de Música de esa ciudad, que antes de cumplir sus compromisos artísticos, refrescan sus gargantas y reavivan su espíritu con los caldos que en ese sitio se expenden, y mientras son atendidos y degustan sus tragos, ejecutan algunas notas de la bella música que interpretan después en sus conciertos. Este detalle es el que hace que ese bebedero resulte especialmente grato. Bromeamos algunos minutos e hicimos el compromiso de reunirnos ahí este diciembre de 2006  para compartir el placer de la plática, de la música, de la mesa y de las bebidas. Poco antes de despedirnos me dijo: “Me voy con el Subcomandante a recorrer Baja California, Sonora, Sinaloa y todo el noroeste. El Partido ha sido designado coordinador de las reuniones de esta etapa” 

Por último me habló, rápidamente, de la escasez de recursos monetarios con la que siempre realizaba sus desplazamientos por todo el país y me dijo que por eso tenía que acortar el tiempo de uso de su celular. Había que economizar.

A escasos días de ese postrer momento grato, este miércoles 25 de octubre de 2006, a las 13.00 horas, estando en el Congreso del Estado de Quintana Roo llevando a cabo algunas gestiones, recibo la llamada de Fernando. De inmediato las remembranzas de las experiencias vividas con Almaguer, vienen a  mi memoria.

Rasgos de vida que permiten reconocer a Sergio. Anécdotas que dibujan su genio y su genialidad. Travesuras que ejemplifican, perfectamente, su optimismo permanente. Actos y actitudes que ilustran su capacidad de hombre político, líder indiscutible, comunista incansable. Gestos en los que queda manifiesta su sensibilidad humana y su profundo amor hacia sus seres queridos.

Recuerdo, por ejemplo, la noche del 30 de noviembre de 1976. Caminábamos, Sergio, Hilario Márquez (otro gran camarada) y yo, por una de las calles de la “Zona Rosa” de la ciudad de México (Reforma y Florencia). Era cerca de la medianoche. Habíamos salido de algún restaurante cercano donde, seguramente, alrededor de comida y bebida, hablamos de la situación del país. Al día siguiente, 1 de diciembre, se llevaría a cabo la ceremonia oficial de toma de posesión del José López Portillo como Presidente de la República en sustitución de Luís Echeverría Álvarez. La ciudad, y el país, estaban, en esos momentos, bajo la más estricta vigilancia y patrullaje del ejército y de los cuerpos policíacos para “salvaguardar” la tranquilidad de la ciudadanía y “garantizar” la paz social. En la zona en la que andábamos, cercana a la embajada norteamericana, la presencia de “las fuerzas del orden” era nutrida e incluso agobiante. Despreocupados, quizá satisfechos del consumo hecho momentos antes, comentábamos cualquier asunto y festejábamos, a carcajadas, las ocurrencias del asunto. Poco habíamos caminado cuando cruzamos en nuestro camino al primer pelotón de patrullaje, militares rasos pertrechados con uniformes y armas de combate. De repente Sergio se dirige a ellos con tono de voz de fingida amabilidad y les cuestiona: ¿Oigan, no huelen ustedes a caca?  Los  soldados, sin captar el sarcasmo de la pregunta, se voltearon entre sí y negaron con la cabeza y con la voz.  Nos aguantamos la risa hasta unos metros adelante para no exponernos  a una reacción agresiva de los “juanes” al darse de cuenta de que habían sido objeto de una burla. Salvada la distancia que consideramos prudente, Sergio, de inmediato, comentó la enseñanza política de ese acto de picardía y comentando que era evidente que si los militares no habían captado la franca burla de que habían sido objeto lo único que quedaba claro era su incapacidad para actuar con inteligencia y mucho menos como policías políticos.

Sergio fue un hombre apasionado. Amó, y cuando lo hizo puso en el objeto de sus afectos, todo su corazón y todo su coraje. Se entregaba a plenitud, pero lo hacía cerebralmente. A veces se desbordaba y sufría las consecuencias de sus excesos, sin embargo poseía la madurez para no acumular culpas ni resentimientos ni lamentaciones de impotencia. Concebía la existencia como la oportunidad excelsa de contribuir a transformar a la sociedad y a los hombres en personas de otro tipo. Seres superiores viviendo en un mundo digno de ser vivido y disfrutado. Un mundo que, además, tenía que ser construido entre todos. Nadie tendría derecho a la holganza improductiva. Todos deberían   servir y trabajar para gozar derecho a recibir.

Era un comunista en todos los sentidos. Amaba como comunista. Deseaba como comunista. Trabajaba como comunista. Vivió como comunista. Por eso disfrutó tanto los triunfos de los pueblos del mundo que luchan por construir esa sociedad nueva en la que vivan hombres y mujeres de nuevo tipo.

A esa pasión por la vida se debe, seguramente, su extrovertida afición y su siempre manifiesta emoción por escuchar y disfrutar la música, en especial la mexicana, la vernácula, la bravía, la revolucionaria, la romántica, que habla de amores profundos por la mujer, por la tierra y por la patria. Siempre que podía, y siempre quería poder, se arrobaba con las voces y las notas de las canciones de Guty Cárdenas. Entonaba, a dúo con los discos o las cintas, las canciones de Chabela Vargas, de la Banda del Recodo, de Jorge Negrete, de Lucha Reyes, de tantos otros  artistas emblemáticos de la música mexicana. Pero igual que se estremecía con nuestra música sabía disfrutar la enorme producción artística de los clásicos como Betthoven, Mozart, Ravel, Bach, o cualquiera de los grandes de la música rusa o de más acá en el tiempo  como Moustaki, Neil Diamond, o Zitarrosa, de este lado del mundo, por ejemplo.

Así como amaba y defendía lo que amaba, igual, con la misma vehemencia, detestaba y manifestaba su rechazo hacia lo que consideraba insulso. Llegaba en ese terreno a ser agresivo en sus manifestaciones verbales, pero siendo congruente entre sus convicciones y su manera de actuar, prefería dejar claras sus diferencias, antes de que quedara en duda cual era su sentir respecto a algo o a alguien. Era en eso, por lo menos, franco y sincero. Nunca actuó con hipocresías. Lo que le gustaba lo quería. Lo que le parecía insustancial lo despreciaba. Nada de medias tintas. Cabal, íntegro y por ello, confiable a plenitud.

 

Sergio se nos fue habiendo cumplido 60 años de edad. No era un joven. No era un viejo. Era un hombre en plenitud. Se sentía orgulloso de su edad. Recientemente nos había presumido que ya estaba en posibilidad de costarle menos a la revolución socialista pues con sus 60 le llegó el derecho a obtener la credencial del INAPAM (Instituto de Asistencia Para el Adulto Mayor) que le posibilitaba adquirir boletos de transporte aéreo y terrestre con 50% de descuento. Podría, dijo en alguna ocasión, visitar más frecuentemente a los compañeros del Partido en el país. Qué interesante resulta notar que encontraba, hasta en el paso del tiempo, una ventaja para continuar con su misión revolucionaria.

 

Recuerdo que precisamente el día que celebraba su sexagésimo cumpleaños, el 14 de julio de 2006, estando yo en mi casa, sonó mi teléfono celular y al revisar visualmente el origen de la llamada verifiqué que procedía de Almaguer. Se encontraba en Guadalajara. Aproveché la ventaja de saber de antemano quien hablaba para levantar la bocina y sin dar tiempo a nada me adelanté diciéndole que me alegraba mucho que ese día, el de su cumpleaños, me diera la agradable oportunidad de saludarle y enviarle, simbólicamente, un abrazo fraternal por la efemérides. Le causó simpatía mi reacción y la celebró con las carcajadas sonoras que siempre expresaba cuando ocurría algo de su agrado.  Me dijo al iniciar que no había de su parte ningún motivo especial para llamarme, que lo hacía por el simple gusto de comentarme algunos temas que sabía me interesaría conocer. Me habló de los acuerdos asumidos por la dirección colegiada del Partido de los Comunistas Mexicanos respecto a integrarse a plenitud a LA OTRA CAMPAÑA. Me comentó, optimista, como avanzaba a buen ritmo la consolidación organizativa y programática de nuestro Partido. Siguió platicando y abordó lo que él consideraba un importante fortalecimiento de la CUT (Central Unitaria de los Trabajadores), organismo que lideraba y constantemente le obligaba a recorrer de extremo a extremo el país y que también le había conducido a la necesidad de viajar varias ocasiones al extranjero visitando La Habana, Bagdad, Damasco, Madrid, Moscú, Caracas, etc., en fin tres continentes. Nunca de paseo, siempre en reuniones que, en cuanto terminaban, obligaban a regresar a México para instrumentar la aplicación de los acuerdos de carácter sindical que se habían asumido en esas asambleas.

 

La plática de esa ocasión, que nadie podría pensar sería la penúltima de nuestra vida, se prolongó  pues recordamos a algunos de nuestros antiguos camaradas, conocidos desde los tempranos años de nuestra militancia conjunta en la Juventud Popular Socialista. Para Sergio, cabe subrayarlo, nada era casual o sin motivo. De recordar las andanzas pasó a insistir en la necesidad de que yo abandonara ya la inactividad política. Me dijo que deberíamos reunirnos en persona para hablar del asunto. La cita quedó acordada: Nos veríamos en diciembre, en Guadalajara. Sobra decir que el lugar de reunión propuesto fue, claro, La Fuente, con tequila y buen yantar.

Había quedado patente, de nuevo, cómo su principal empeño seguía siendo el trabajo unitario para constituir un partido marxista auténtico, fuerte, unido, mexicano, con presencia nacional, con militantes convencidos, abnegados, leales, capaces de dar victoriosos la lucha por ganar la conciencia de la clase trabajadora mexicana y de vencer, sin claudicaciones, a los simuladores y a los enemigos de clase y sobre todo d emprender la lucha por la construcción del socialismo.

Como siempre, al escucharlo, se comprobaba su reciedumbre ideológica. Cada opinión que expresaba ratificaba su crítica inflexible contra los simuladores del izquierdismo, contra los oportunistas que no sólo se vendían a la primera oferta si no que casi se regalaban como prendas sin valor a cambio de las migajas que los poderosos les permitieran recoger para su consumo. Igual desprecio le merecían los “esnobs” de la izquierda que, disfrazados de intelectuales, pululan por cafés y saraos, pontificando sobre una convicción que no poseen pero que si explotan para recibir halagos que les ayuden a sobrellevar su miseria humana.

Por esas convicciones (las del marxismo leninismo), que formaron durante toda su vida un eje inflexible y resistente de su verticalidad, Almaguer vivió siempre alejado de las tentaciones de gozar de una vida disipada o fácil.

Sergio vivió pobre entre los pobres y seguramente vio, a lo largo de su carrera, como muchas voluntades se quebrantaron por dinero o por comodidades transitorias. Incluso gente que algún día Sergio admiró, respetó y aceptó como su dirigente, desertó de los ideales que proclamaba a cambio de la comodidad con que siempre soñó pero nunca fue capaz de construir sin traiciones. A esos, Almaguer, una vez comprobada su cobardía ideológica, los trató con absoluto desprecio por haber transigido en los principios, conducta que para Sergio jamás podrá ser aceptada.

No hubo una ciudad importante del país que Sergio dejara de visitar en su trabajo organizativo. Como apóstol del comunismo recorrió varias veces la geografía nacional. Desde la década de los 60’s en la Juventud Popular Socialista, pasando por los inicios de los 70’s en batallas por consolidar organismos estudiantiles y juveniles de frente amplio. Más tarde en Nayarit, cuando Alejandro Gascón Mercado encabezó, en 1975, la movilización política más importante de la historia de ese Estado, Sergio, orgulloso de su oriundez nayarita y convencido de la estatura de gigante de Alejandro como dirigente revolucionario, participó activamente en esa histórica batalla.

Su lealtad inquebrantable para Alejandro y para el pueblo en el que nació y ahora descansará por siempre, queda comprobada con la decisión que merece ser calificada de histórica de renunciar en 1975 al derecho de ocupar el cargo de diputado local que le correspondía en el Congreso local de su Estado, como una expresión del repudio popular que produjo el enorme fraude electoral cometido en contra de los nayaritas al negarle a Gascón el reconocimiento de su triunfo legítimo en la elección para Gobernador.

Un año más tarde, en 1976, en la campaña electoral federal para renovar el Congreso de la Unión, militando todavía en el PPS, Sergio Almaguer fue designado candidato a Diputado por el VIII Distrito Electoral del Distrito Federal, postulación a la que renunció públicamente y de manera oficial, junto con otros miembros de ese partido, como expresión política de repudio a la descarada traición en que incurrió Jorge Cruickshank, dirigente de ese partido al aceptar del PRI la postulación en “coalición” con ese partido para ocupar un escaño en el Senado de la República por Oaxaca, como pago por haber traicionado la lucha democrática del pueblo de Nayarit. Congruencia, firmeza y lealtad, fueron las enseñanzas de esta determinación de Sergio.

Su carácter se forjó en la lucha y se fortaleció en el estudio y la reflexión teórica. Sergio se convirtió en líder político luchando. Nada más lejos de él que la figura de un diletante de la política.

Ni un día de su vida se apartó de la tarea de construir la organización unitaria que aglutine a los partidarios de construir el socialismo en México. Así asumió, junto con otros muchos partidarios del socialismo, la tarea de formar entre 1976 y 1980 el Partido Popular Socialista Mayoritario y el Partido del Pueblo Mexicano, al mismo tiempo que participó, destacadamente en los acercamientos producidos entre varios partidos de la izquierda mexicana que desembocaron, en 1979 en la Coalición de Izquierda y en 1981 en el Partido Socialista Unificado de México.

Más tarde al diferir del rumbo que al PSUM imprimieron quiénes se apropiaron de esa organización, se sumó a Gascón Mercado y otros muchos dirigentes mexicanos honestos, viejos y jóvenes militantes del socialismo para constituir el Partido de la Revolución Socialista, que años después se disolvió como partido autónomo para integrarse, junto con otras corrientes y organismos a la tarea de construir la organización partidaria e la clase trabajadora mexicana que , con una ideología marxista leninista y un programa anticapitalista y a favor de la construcción del socialismo se constituya en el partido de todos los comunistas mexicanos.

Sergio presumía de ser un dirigente de la clase trabajadora mexicana y afirmaba que si los trabajadores de México viven actualmente en la pobreza, él que aspiraba a liderar   esa lucha, no podía más que predicar con el ejemplo manteniéndose en la más absoluta austeridad económica personal. No solamente no se avergonzaba de “pasar la charola” entre sus amigos y compañeros para continuar su peregrinar revolucionario si no que, por el contrario, este era uno de sus más legítimos orgullos. Como bien dijo  Salvador Castañeda O’Connor, con esa genialidad y frescura con lo que siempre define las cosas, el día que acompañamos a Almaguer en su funeral: “Sergio murió como vivió, pidiendo dinero para la siguiente etapa de su viaje”. Cabe comentar que la frase, más que una simple ocurrencia festiva es toda una descripción de la manera en la que Almaguer  llevó a cabo su misión apostólica de difundir el evangelio marxista y de luchar, día a día, por consolidar la organización del partido de los comunistas mexicanos.

Por cierto, para Almaguer, que amaba a su familia, no existía excepción alguna respecto al derecho a disfrutar de privilegios: Sus hijos y su mujer lo acompañaron en la vida de apreturas económicas y carencia de comodidades. Vivieron, como él, una vida de ascetas.

 

Otro rasgo de Almaguer, que permite apreciar su reciedumbre y sus tamaños de líder honesto y aglutinador, es la manera con la cual platicaba las virtudes que encontraba en los seres humanos a los que distinguía con el título de sus amigos personales. Al hablar de ellos lo hacía con orgullo y no escatimaba razones para exaltar las cualidades que les había encontrado. Cada vez que podía los ponderaba favorablemente. Había en esa conducta una lealtad manifiesta y agradecida. Yo creo que esto lo hacía como una materialización de su deseo de que todos los seres humanos  que lo rodearan se impregnaran de esa parte noble de la personalidad de sus amigos. Pudiera decirse que era una invocación mística para que en las relaciones entre los seres humanos  campearan siempre  relaciones de fraternidad.

 

A todos los que hemos tenido el privilegio de convivir con Sergio nos consta que esa era su concepción de la amistad. En las pláticas ocasionales el tema al respecto era recurrente. Frecuentemente aludía, en sus evocaciones personales, los momentos gratos que había vivido con alguno o algunos de sus amigos. Al hacerlo volvía a experimentar  el regocijo con que, en su momento vivió cada una de sus experiencias agradables. Era, hasta en eso, un hombre que, viviendo entre apreturas, no se negaba el derecho a ser feliz, optimista y generoso.

 

Varios años compartimos, en la ciudad de México, la misma casa y como resultado de esta convivencia diaria apreciamos rasgos que, más allá de la simple anécdota, definen aún más el perfil de la grandeza de Sergio. En esa época era frecuente que la necesidad y la carencia de recursos nos condujeran a tener que optar por preparar en casa nuestros alimentos cotidianos. Era una tarea que para nosotros, excepción hecha de Sergio, consistía en un martirio o, por lo menos, una labor ingrata o incómoda. Cuando el  turno rotatorio le correspondía a Sergio, éste asumía la tarea casi como una ceremonia litúrgica. Se esmeraba en los detalles. Cuidaba ingredientes y tiempos de preparación. Inventaba combinaciones de lo mismo para crear nuevas presentaciones de los alimentos. Para él era tan importante la preparación de unos sencillos huevos con jamón que un estofado  u otro guiso más complicado. Decía que hasta para comer tortillas había que tener gusto al prepararlas. Y no se quedaba en pontificar sobre el tema. Pasaba siempre a la práctica para demostrar con hechos que siempre se podían mejorar los resultados con los ingredientes disponibles, siempre que los supiéramos usar con inteligencia. Recuerdo que a su turno, servía la mesa con pompa y circunstancias y no dejaba de ponderar cada uno de los ingredientes y las virtudes y cualidades que su utilización agregó al resultado final. Había una enseñanza política en cada acto de su vida.

 

Y aquí estamos, en Tepic, en la funeraria, acompañando a Sergio en sus últimos momentos sobre la tierra. En algunas horas sus restos mortales serán cubiertos por la tierra que lo vio nacer y en la que tantas batallas sostuvo.

 

A lo largo del día han desfilado ante su cadáver muchas decenas de hombres y mujeres, jóvenes, maduros y viejos.

 

A todos nos une un rasgo común: Tuvimos la oportunidad de acompañar a Almaguer en tramos importantes de su lucha por construir el socialismo en México.

 

Amigos y compañeros que abandonaron en algún momento sus convicciones. Otros más que simplemente se cansaron  de cabalgar los senderos de la batalla por transformar a nuestro país. Ex compañeros que no obstante su alejamiento de la lucha por el socialismo no pueden negarse a cumplir un compromiso de reconocimiento a la grandeza de Sergio Almaguer que, ejemplarmente, no claudicó un solo instante de su vida en su misión de luchar por un futuro mejor para todos  que, como reza el lema de la Unión de Jóvenes Comunistas, sólo en el socialismo es posible, No es que pida indulgencia para los claudicantes. Quiero, eso sí, al mencionar su presencia, subrayar que al asistir al funeral confieren a Sergio una estatura de mayores dimensiones.

 

Otros, los más, desde luego, que conservan enhiesta la firmeza de su convicción ideológica, así como su persistencia en la lucha por la construcción del socialismo. Se distingue, junto a la presencia de luchadores de toda la vida como Salvador Castañeda, Armando Prieto, Samuel Santoyo, Héctor Rodríguez, Chela Romo, Álvaro Ramírez, la de un nutrido grupo de jóvenes combatientes, convencidos  de los principios del máximo leninismo.

 

Nos enteramos de que ya se han recibido gran cantidad de mensajes de condolencias y de pesar, enviados por los partidos comunistas y obreros de América y Europa, de organismos sindicales nacionales e internacionales, de otros partidos y organizaciones políticas y sociales hermanas del Partido de los Comunistas Mexicanos.

 

Todos manifiestan su pesar por la inesperada ausencia de un luchador social al que reconocen, expresamente,  la importancia de su aportación a lo largo de su vida, a la lucha por construir un partido sólido, fuerte,  unitario y arraigado entre los trabajadores mexicanos, que enarbola la lucha contra el capitalismo y por el socialismo.

 

Ya nos vamos al panteón.

 

A la entrada aguardan a Sergio los integrantes de una Banda. Esa música con la que él tanto disfrutó y se emocionó, y gozó y también, a veces, recordó amores frustrados. Caminamos con el ataúd a cuestas. En el trayecto los aires se inundan con las notas de la tambora, de los metales, de las voces con llantos ahogados que entonan las canciones que Sergio siempre gustó de escuchar. Hoy las canciones que se escuchan cobran un sentido diferente al acostumbrado. La música vibra diferente. Nuestro corazones la perciben más humana, más nuestra

La hora llega. Habrá que decir adiós y renovar  ante sus restos la promesa de luchar, como él, hasta la muerte, por el socialismo.

En su turno los oradores que despiden a nuestro compañero destacan sus virtudes. Renuevan sus votos revolucionarios. Hacen la promesa de honrar al amigo tomando la bandera por él dejada con su muerte, para garantizar que, algún día, pronto, tan pronto como se pueda ondee triunfante en las torres del poder popular.

 

Todo ha terminado. Entonamos el Himno Nacional, la Internacional y al final, al ir lentamente, uno a uno, dejando solo a Sergio, los jóvenes, esa esperanza de que la lucha continúe y triunfe, van cantando las canciones, alegres algunas, nostálgicas otras,  que se han vuelto tradicionales en las reuniones nocturnas de los izquierdistas. La evocación es inevitable, Sergio gozaba con la música. Muchas veces compartimos esas emociones en noches y madrugadas en las que se prolongaban nuestras convivencias fraternales.

Ya nada será igual. ¡Cuánta soledad!, ¡Cuánta tristeza!

Nos hemos quedado mucho más solos. Sergio será irremplazable. Nadie podrá ocupar su sitio como amigo.

Gracias, Sergio, por la oportunidad única de aprovechar tus enseñanzas.

Para ti, quedan a la perfección las palabras de Vicente Lombardo Toledano expresadas en su poema Presente y Futuro:

 

 

Soy el más rico de los hombres

porque mi ideal es superior

a todos los humanos

y mi amor es un amor

más grande que la vida y la muerte.

 

Doy todo lo que tengo

y no me canso de dar

porque entre más doy

más recibo,

y mi ideal se agiganta

y mi amor brilla

al lado de los otros amores

como luce la estrella

medio de la noche

 

 

 

27/octubre2006

Julio A. Matos.

volver arriba