Por: Salvador Castañeda O´Connor.
Después de la desaparición de la Unión Soviética y del conjunto de los países socialistas en Europa, muchos comunistas de México y del mundo escondieron la cara, otros le echaron la culpa al mariscal Stalin y muchos más se deslindaron del “socialismo cuartelario” y se calificaron así mismos como comunistas guadalupanos, caritativos, amorosos, humanistas e incapaces de matar una mosca.
Alejandro Gascón, en cambio, se proclamó como candidato comunista independiente a la presidencia de la República, en la campaña electoral del año de 1994 y recorrió el país, sin contar con mayores recursos, que aquellos que le proporcionó el pueblo, para decir que las ideas del comunismo tienen una base científica y siguen vigentes.” Cuando se cae un puente- repetía Alejandro en las plazas públicas- no son las matemáticas o las leyes de la física las que fallaron”
Naturalmente que en la Unión Soviética hubo socialismo. Es cierto que se desarrollaron formas o aspectos del capitalismo de Estado (no hay que olvidar que el socialismo es un período de transición entre el capitalismo y el comunismo) pero no hubo capitalistas ni explotadores que se enriquecieran con la plusvalía del trabajo humano, porque los medios e instrumentos de la producción económica y del cambio estaban en manos e la sociedad que aplicaba en su propio beneficio y en aras del desarrollo económico y del progreso social dicha plusvalía. Además, la clase obrera y todos los trabajadores jugaban un papel preponderante en la dirección de los procesos productivos, y lo más importante, tenían en sus manos el poder político. Estaban organizados jurídicamente como clase dominante; habían establecido la dictadura del proletariado. Lo que nos muestra la experiencia con la declinación de la URSS, es que el socialismo es momentáneamente reversible, como lo fue también el sistema progresista implantado en nuestro país por la Revolución Mexicana, a causa de la actividad contrarrevolucionaria del imperialismo y de la reacción interior.
He dicho y lo repito: La Unión Soviética pudo haber desaparecido de la geografía; pero jamás de la historia. El Estado proletario transformó un país con escaso desarrollo industrial y con un atraso de siglos, en una potencia económica, cultural, científica y militar, a pesar de que estuvo sometida desde su nacimiento al acoso, a la inquina y a las agresiones de las grandes potencias imperialistas; salvó a la humanidad de las garras del fascismo, al derrotar a la Alemania nazi y al Japón, liberando a buena parte de los países europeos ocupados por el ejército hitleriano y expulsando de Manchuria al ejército imperial del Japón; contribuyó a la liberación de las colonias en África y otras partes del planeta, que se convirtieron en naciones independientes. Fue la portadora de las contradicciones fundamentales entre el sistema socialista y el capitalista y un poderoso polo que frenó por mucho tiempo los apetitos globalizadores del imperialismo, lo que permitió el desarrollo de movimientos revolucionarios en el seno de los países capitalistas.
La poderosa campaña anticomunista presentaba a la URSS como un imperio opuesto al imperio capitalista, pero era evidente que entre ambos había una diferencia enorme. Como lo reconocí en el Kremlin, cuando hablé a nombre de la delegación parlamentaria mexicana, en ocasión de un encuentro con parlamentarios soviéticos en 1983: Mientras que el imperialismo saquea las riquezas y los recursos naturales de los pueblos, la Unión Soviética destina la mitad de su presupuesto a la solidaridad internacional.
Pienso para mí, que independientemente del burocratismo, el abandono de la batalla interna de las ideas y la traición de Gorbachov y Yeltsin, la Unión Soviética se agotó por dar tanto, por entregarle a su pueblo mayores prestaciones que las que permitían sus posibilidades materiales y por destinar enormes recursos a la paz mundial y a la lucha liberadora de los pueblos.
Solamente la Segunda Guerra Mundial le costó la pérdida de más de 20 millones de vidas humanas, la destrucción masiva de sus fuerzas productivas y de sus ciudades, mientras que sus supuestos aliados, los norteamericanos, no sufrieron daños territoriales y sus muertos no llegan a 300 mil. Cuando estos últimos finalmente integraron el segundo frente en Europa, no lo hicieron para combatir al enemigo común, el ejército Nazi, sino para detener el avance victorioso del Ejército Rojo, indiscutible vencedor de la guerra. Es más, Foster Dulles, estuvo en Suiza para negociar, a nombre de los Estados Unidos, en las postrimerías de la guerra, una alianza con el Tercer Reich alemán.
Si los demás ya lo olvidaron, yo quiero reiterar aquí mi agradecimiento y mi homenaje a la Unión Soviética.








