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domingo, agosto 31, 2025

LA PRIMERA VEZ CON ALEJANDRO

Por José de Jesús Dueñas Navarrete.

Allá por 1972, quiso la suerte que mi hermano Fernando, mi amigo Julián y yo de regreso a casa de nuestras correrías dominicales pasaramos frente la oficina del Partido de Alejandro que se encontraba entre las calles Ures y San Luis, había en la calle una numerosa concentración de personas y desde la terraza de la segunda planta de la oficina, Alejandro, a la sazón candidato a Presidente Municipal, dirigía un mensaje a la emocionada muchedumbre.

Julián, que por la situación familiar se había convertido en el sostén de su numerosa familia se mostró impactado con el discurso de Alejandro, él siendo menor que yo, que en ese momento contaba 16 años, había desempeñado los más diversos oficios y sus estudios los realizaba en escuelas nocturnas para trabajadores, sería por eso que estaba impactado con las ideas expuestas en el discurso.

Fernando que siempre ha tenido una sensibilidad para descubrir quién habla con honestidad, estaba emocionado.

Yo estaba escéptico, siendo hijo de ferrocarrilero, había pasado la infancia con las noticias de persecución, humillaciones y encarcelamientos, así como en las reuniones obreras que se realizaban en la huerta de naranjos de mi tío Inés, que custodiábamos un montón de chiquillos que conocíamos todas las azoteas, corrales y bardas del vecindario y teníamos la encomienda de dar aviso si aparecían por las esquinas los de la Secreta a quienes conocimos nomás al verles, sería por eso que aunque reconocía que los oradores parecían personas rectas, instintivamente, pensaba que no había patrón, ni cuico ni político honesto.

Pero la campaña crecía en partidarios día con día, parecía que el ruidoso silencio de los medios de comunicación, que en ese tiempo eran la radio y la prensa escrita, no hacía más que incrementar los comentarios sobre la campaña de Alejandro en todos los ámbitos del municipio, e incluso más allá, pues como centro administrativo, venían personas de todo el Estado por diversos trámites y no escapaban a los comentarios sobre la campaña que corrían de boca en boca.

De a poco nos fuimos involucrando en la campaña, acudiendo a todo tipo de eventos públicos de la campaña, hasta convertirnos en propagandistas sin licencia entre toda la pandilla de chamacos del barrio, que, aunque no teníamos edad para votar, si influimos en el voto de los familiares adultos, en ese tiempo todavía se comía en familia y la cena era la hora en que nos explayábamos en los comentarios del día, entre los que salía a relucir, de manera natural, las novedades de la campaña de Alejandro.

Algo que influyó para convencerme de que se trataba de gente de bien, fue la presencia de Guillermo Castillón, líder obrero que vivía en Atonalisco, quien era un amigo respetado de mi padre y de mi tío y que aparecía en la planilla para gobernar Tepic.

La victoria de los socialistas la hicimos nuestra, a pesar de no haber votado.

A partir de ahí, nos convertimos en Alejandristas, asistimos a sus informes en la plaza pública y compartimos con el pueblo grandes alegrías y satisfacciones. Nuestra evolución a las ideas del proletariado fue muy después, pero esa es otra historia.

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